La aldea en la que todos los vecinos son alemanes

María Hermida
maría hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

CERDEDO-COTOBADE

En O Trebello, Cotobade, hay trece casas, pero solo un par habitadas; en ellas residen dos germanos

07 abr 2016 . Actualizado a las 07:53 h.

O Trebello es una de esas aldeas que el rural profundo esconde. Se encuentra en Cotobade. Y por sí sola justificaría un reportaje. Tiene un cruceiro bonito; unas calles donde el cemento aún no lo ha invadido todo y es posible pisar piedras irregulares, redondeadas por el paso del tiempo, mezcladas con lama; unos hórreos tan viejos como hermosos y un paisaje verde que, con el sol de justicia de ayer, lucía espléndido. Pero en O Trebello no solo merece la pena pararse en el envase de la aldea. Hay que ir a su contenido; a quien vive en ella. Porque podría pensarse que es la típica y triste historia del lugar gallego lleno de casas abandonadas. Sin embargo, tiene algo más. Efectivamente, en esta aldea hay 13 viviendas y solo dos están ocupadas. Pero sus vecinos no son paisanos gallegos al uso... ¡Son todos alemanes! Nada como visitarlos y conocerlos para descubrir que fue una suma de casualidades la que convirtió este lugar en la Alemania de Cotobade.

En O Trebello casi todas las casas son parecidas; de piedra y algunas con necesidad de ser reparadas. Pero hay una distinta. Se nota que tiene una mano especial detrás. Es la de Manfred Oehri. Él es arquitecto y, por descontado, se encargó de restaurar su hogar. Manfred y su mujer llegaron a España hace unos veinte años. Cuenta él que vinieron en unos tiempos negros para Europa por la catástrofe de Chernóbil o el desastre de la química Sandoz, que contaminó el río Rin. Y que buscaban «huir de toda esa contaminación, respirar sano». Así fue como entraron en contacto con otros alemanes que vivían en Cotobade y A Lama y acabaron comprando una casa en O Trebello. Entonces, la aldea no estaba tan huérfana como ahora. «Vivían varias familias, algunos mayores que se murieron y otros que se fueron marchando porque aquí no hay trabajo». Al último que vieron coger las maletas fue a un vigilante de seguridad que trabaja en Vilagarcía y que, aunque a menudo acude al lugar, «tiene que vivir donde está su puesto».

Se quedaron solos

Manfred y su mujer, que es enfermera, se fueron quedando solos. E incluso ella se marchó. «Alguien tiene que ganar el dinero. Yo aquí como arquitecto saco algo para los gastos pero no llega. Aquí no encontraba trabajo, volvió a Alemania, mandó unos currículos y la llamaron para todos los trabajos. Ahora viene cada pocos meses», explica él. Manfred no hecha de menos Alemania. Asume como suyo el paisaje gallego y su paisanaje, en el que está totalmente integrado: «Soy presidente de la comunidad de aguas de esta zona y vocal de la comunidad de montes», narra. Además, cuida ovejas y las mete en cuadras y fincas que le dieron los vecinos que se fueron yendo. Y zanja con una frase todo lo que se le pueda preguntar sobre qué le aporta el rural: «Aquí no puedes hacer nada, pero puedes hacer de todo», remacha el hombre.

El caso de Michael Kilb, su único vecino y también alemán, es distinto. Michael prefiere no contar demasiado de qué fue lo que le trajo a Galicia hace casi dos décadas. Lo que sí explica es que se movió por distintos lugares, como Pontevedra, y que llegó a verse sin techo. «Dormía en el albergue de Cáritas y comía en el comedor social», recuerda.

Hasta que le dejaron la casa en la que ahora reside en O Trebello, una vivienda que fue reparando como pudo. Tiene una discapacidad por una enfermedad degenerativa y sobrevive gracias a una Risga aunque, tal y como decía ayer, «con 400 pavos se puede hacer muy poca cosa».

Michael llegó hace solo un año a la Alemania de Cotobade. Pero se ha adaptado bien. Se siente en su hogar y eso se nota. Porque ya tiene sueños. Ayer a media mañana, mientras se acababa de tomar un té recién preparado y enseñaba unas vacas que guarda en una cuadra anexa a su vivienda pero que son de un vecino que reside en otro lugar, ponía voz a una de sus ilusiones: «A mí me gustaría hacer algo relacionado con las motos, como un albergue de motoristas... Yo siento pasión por las motos. Mi padre era corredor». Sonriente, recordaba entonces también que en su vida hubo cosas bonitas, como cuando le premiaron por trabajar para Cruz Roja, «hice muchas cosas a favor del transporte adaptado».

Con su único vecino Manfred se ve poco, aunque le ayudó a rehabilitar su casa. Dice el arquitecto que a Michael «le gusta mucho estar solo». Así que poco coinciden. Eso sí, ambos tienen una cita cada quince días en medio de la aldea. Dos viernes al mes desembarca en el lugar una furgoneta convertida en ultramarinos ambulante. «Aquí no viene panadero ni nada, solamente ese supermercado», dice Manfred. Así que se le espera como agua de mayo. La bocina del ambulante debe ser de los pocos ruidos mundanos en O Trebello.