EL Ejército no trabaja en la extinción de incendios. Lo hará en el verano del 2007. Ahora las tropas están sólo para evacuar gente y vigilar los montes. La pregunta es evidente: ¿es que el señor de 74 años que murió en Campo Lameiro mientras colaboraba en las labores de extinción estaba preparado? Dicen que los soldados no han realizado ningún cursillo que les permita echar una mano en apagar las llamas. ¿Acaso los soldados que al fin arrimaron el hombro cuando hubo que recoger el fuel del Prestige tenían un cursillo de recogida de fuel en las rocas? Tendrían el mismo cursillo que los miles de voluntarios que llegados de todas partes recogieron el lodo negro con el riesgo que supuso para sus pulmones. Ni más ni menos. Los soldados deben apagar las llamas como todo el mundo, como las brigadas, como los vecinos. Duele ver otra vez las imágenes del Prestige, esta vez tierra adentro: Cadenas humanas con cubos, señoras que rocían el fuego con botellas de ¡agua mineral! Hay que poner límites a la improvisación y sumar entre todos hasta acabar con esta lacra que amenaza nuestro país. Les pongo el significado, según la Real Academia, de la palabra emergencia en su acepción tercera por si quedan dudas: situación de peligro o de desastre que requiere una acción inmediata. Si hay una emergencia, hay que actuar. No hay mejor cursillo que ponerse a ayudar. No está la situación como para esperar a ver si cambia el viento. Lo que nos faltaba en Galicia es un nuevo Prestige en el monte. Otra vez los héroes de la sociedad civil van por delante de los gobiernos. No queremos más obras faraónicas. Como con los barcos, no es la primera vez que arde Galicia. Que se gasten el dinero en lo que se lo tienen que gastar. Con cabeza. ¿Somos un país suicida o hay una industria del fuego? cesar.casal@lavoz.es