Los alumnos intentan ahora acostumbrarse a la rutina diaria Cientos de escolares pontevedreses regresaron ayer a las aulas
10 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.A Entre la noche del día 9 de septiembre y la mañana del 10 hay más bien poco tiempo para la adaptación. Por eso no es extraño ver en el primer día de colegio a un grupo de niños y niñas chillando -«¡dejebetudejébere!»- y sacudiéndose espasmódicamente al ritmo de la canción del verano. Sucede en la salida del primer día de clase para los alumnos de educación infantil y primaria, en el colegio de Campolongo. A partir de ahora ser pequeño va algo más difícil. Claro que lo verdaderamente complicado lo van a tener las madres y los padres. «¡Hola! ¡Canto tempo! Xa te vexo, a cen, coma sempre», le dice una mujer a otra en la puerta de la escuela. «Atarefada coma sempre e agora máis», responde la otra. Se han acostrumbrado pronto a la nueva rutina del colegio, a ordenar sus vidas al ritmo del timbre del colegio al que acuden sus hijos, a buscar diez minutos para ir a buscar el pan y media hora para acabar de hacer la comida de los chavales. «Fíxate», explica la madre apresurada, «no primeiro día de clase xa estamos todas no mesmo sitio que hai tres meses: as do banco, no banco, as das escaleiras, nas escaleiras...». Los padres de los alumnos más pequeños entran en el edificio un poquito antes de la hora de salida para recoger a sus retoños, que por la mañana ofrecieron un glorioso concierto de llantos y pataletas en su debut escolar. Minutos después suena el timbre, y el piso del colegio de Campolongo sufre su estremecimiento diario: docenas de chavales salen, en fila pero chillando, blandiendo hojas con las instrucciones para el curso y los trabajos de la mañana. «Mamá», explica muy alterada una niña, «¡he hecho un dibujo... un dibujo... he hecho un dibujo... que bueno! ¡Qué dibujo!». Hoy es el día de los hermanos mayores, que aún no han empezado el curso, pero también de los pequeños. «¡Qué mono!», dice una mujer a un padre, mientras aprieta con los dedos los carrillos de un niñito, «¿que le quedan, dos años para venir al colegio?». «¡Uno!», recuerda muy serio el pequeño, alzando un dedo amenazador. Más abajo salen de clase chicos un poco mayores. Madres y padres intentan sonsacarlos: «¿Cómo se llama la niña nueva?». Ellos contestan adelantando una tormentosa relación con su profesor: «Me ha tocado X, y es que no la soporto». Más allá, algunos aún no se han acostrumbrado al aburrido ritmo diario, y a que los privilegios del verano se han acabado: «¿Vamos tomar o vermú a Bueu?», pregunta un chico a sus abuelas, que miran al cielo, como para despistar.