El «peón» que engrandece el tablero

Xadrez Pontevedra lleva cuatro años acercando este deporte a los campos de refugiados sirios


Pontevedra / La Voz

«Solo me considero un peón más de esta escuela». Con estas palabras se presenta Daniel Rivera (Uruguay, 1959), actual presidente de la Escola de Xadrez de Pontevedra y maestro internacional de este deporte desde 1993. Nos encontramos en la sede oficial del club, un modesto espacio de la planta baja del Casino Mercantil e Industrial que refleja el ajetreo que en las últimas semanas han vivido estos ajedrecistas. «El domingo volvimos del campeonato nacional por equipos, que se celebró en Linares», explica Rivera. «La escuela, como ves, está un poco patas arriba», añade, con una sonrisa, desviando la mirada hacia las muchas maletas y cajas llenas de tableros, manteles y piezas que se acumulan en este pequeño rincón.

Al campeonato, que se celebró entre el 10 y el 18 de agosto, viajó el equipo de División de Honor de la escuela. Era la segunda vez que participaban y el resultado fue notable: a pesar del gran nivel de los otros clubes, lograron quedar decimocuartos, aunque no es algo a lo que Rivera dé mucha importancia. Si bien define la experiencia como «maravillosa» y «única», reconoce que en la escuela se sienten más inclinados a la promoción del ajedrez en la ciudad, a los muchos proyectos que están desarrollando y a las actividades que celebran cada año y con las que «todos nuestros alumnos pueden seguir creciendo». Es, a fin de cuentas, lo que llevan haciendo desde que comenzaron su andadura allá por 2001, el motivo por el que entonces decidieron abrir la escuela. «Como amamos el ajedrez, queríamos promocionar, divulgar y establecer un rincón en Pontevedra que fuese beneficioso para todos», recuerda Rivera .

El club nació como algo pequeño, enfocado a todos los públicos. Fue un comienzo duro, pero «de gran satisfacción», como en las historias de amor. Hacían tareas de promoción, partidas simultáneas en la calle, se impartían charlas en los colegios e institutos y tres tardes a la semana se daban clases de ajedrez. Rápidamente, el interés de la ciudad por este deporte aumentó: cada vez eran más los padres y niños que se acercaban a estas actividades para conocer el ajedrez, sus beneficios y el ambiente que se forma a su alrededor y, con ello, la escuela creció hasta convertirse en lo que es hoy día: el gestor de la Escola Deportiva de Xadrez do Concello. «Abrimos de lunes a viernes, de cuatro a diez, nos cuenta Rivera. «De cuatro a seis, impartimos las clases, que puede albergar a un máximo de 100 alumnos», aclara. Además, el club cuenta con tres equipos que compiten en la liga gallega de ajedrez en las cinco categorías más altas de este deporte. Estos conjuntos suman «cerca de 150 jugadores», de los que muchos son aficionados, niños de la escuela municipal que «quieren jugar», aunque el rango de edad de los integrantes es amplísimo. «Tenemos equipos para todas las edades: de cinco a 82 años», sonríe Rivera. «El ajedrez es el único deporte que puede enfrentar a niños y ancianos», añade. Precisamente, una de las actividades más conocidas del club es Xadrez na Rúa, un festival anual de ajedrez al aire libre que reúne a cerca de 400 alumnos de los centros educativos de la ciudad y que este año celebró un encuentro intergeneracional que enfrentó a «niños y ancianos».

Llevando el ajedrez a Siria

Con doce ediciones, Xadrez na Rúa es el evento más longevo de la escuela, aunque no es el único. Al contrario, cada año el club organiza una amplia variedad de actividades. El Torneo Internacional Cidade de Pontevedra, Ponte Xadrez o el Campus Ramón Escudeiro Tilve, que lleva el nombre de «un emblema permanente» de la escuela, son algunos de estos proyectos, aunque quizá el más destacado, el que lo diferencia de otros clubes, sea Xadrez Estratexia pola Paz, una iniciativa respaldada por la ONCE, colegios e instituciones de Pontevedra por la que llevan el ajedrez a los campos de refugiados sirios de Jordania, acercándolo a los niños y formando monitores.

El proyecto nació hace cuatro años y, al principio, durante los tres primeros, solo viajaban al campo de Azraq. Lo hacían cuatro, con las maletas llenas de material: tableros plastificados, fichas impresas con las piezas de ajedrez, tapones con los que los niños podían crear sus propios juegos, manuales en árabe. «Queríamos hacer algo, aportar aunque fuese un granito de arena», explica Rivera, rememorando sus inicios. Ahora, son más los que viajan: en abril fueron siete los voluntarios que se desplazaron a Jordania, donde, además de en Azraq, estuvieron en Za’tari, el segundo mayor campo de refugiados del mundo. «Fue una experiencia reveladora», señala Rivera, que admite que, a pesar de la experiencia de años anteriores, su estancia en Za’tari les «impactó». De los doce distritos en los que está dividido este campo de refugiados, estuvieron en seis, aunque de cara al año que viene esperan poder ir a todos. Antes de viajar, sin embargo, realizarán una exposición itinerante que mostrará su experiencia y, como cada año, darán charlas explicativas por todos los colegios de la provincia para acercar su trabajo en estos campos. «Queremos llegar a más gente y que el próximo año sea mejor que el anterior», dice Rivera. «Allí te das cuenta de que todo lo que hagas es muy poco, pero vale la pena», concluye.

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