Al Everest se asciende desde Marín

Víctor Loira, que sufre crohn y tiene una bolsa de ostomía, cubrió en 18 horas un circuito con un desnivel acumulado positivo de 8.100 metros para visibilizar las dolencias intestinales


Diecinueve vueltas entre Marín y Pastoriza, 375 kilómetros rodando y un desnivel positivo acumulado de 8.127 metros. Este es el nuevo reto que Víctor Loira puede sumar ya a su currículo de luchador. Con este Desafío Everesting Challenge busca dar visibilidad a las patologías de Crohn, colitis ulcerosas, ostomizados, además de la ELA y fomentar la donación de sangre y órganos. Y es que Loira no es un deportista corriente, padece crohn y lleva una bolsa con él. Como paciente ostomizado pelea por demostrar que no hay freno a sus sueños. Él no se lo pone.

Va a reto por año. Este fin de semana cumplió el del 2019. «Es una prueba muy dura, cada subida son nueve kilómetros y después de la bajada hay que volver a empezar a ascender un desnivel de 430 metros», explica ayer Víctor Loira, que se quedó a setecientos metros de igualar el desnivel positivo del Everest. «Cuando estábamos en la vuelta 19, a punto de empezar la 20, los que llevaban toda la noche en la carpa pidieron ya acabar», explica el corredor, que después de una pájara que durante la noche lo obligó a descansar cerca de dos horas, se veía con fuerzas.

Arrancó a las once de la mañana del sábado y 18 horas después se bajó de la bicicleta. El cansancio físico igualaba al mental. «La cabeza juega un papel importante, es un recorrido muy igual, pero con cambios de ritmo muy bruscos. Es un reto muy bonito y algo distinto», confiesa Víctor Loira, que estuvo acompañado desde la base en la Alameda de Marín por su mujer, Tita García, enferma de ELA. Cada vuelta pasaban por la carpa antes de volver a enfilar la subida a Pastoriza. La «locura o reto» como ponía en los carteles del Desafío Everesting salió de la cabeza de Loira para dar voz a los pacientes con enfermedades inflamatorias intestinales. Él la padece desde el 2001 y tras varias operaciones ha tenido que ponerse una bolsa de ostomía. «Al ponerla, mi vida empezó a ser una maravilla, me dio autonomía, antes sería impensable hacer este tipo de retos», subraya el marinense, que estuvo acompañado por otros corredores en su «ascenso al Everest». Una docena de ciclistas se unieron a su reto, pero casi ninguno lo completó. «Solo un corredor de Montañeiros estuvo conmigo toda la noche, de todos modos esta aventura no sería posible sin el equipo que me acompaña y vigila que todo salga bien. Lo de la bici y yo es lo de menos, lo importante es el resto», comenta Víctor Loira, que después de acabar esta aventura, no se echó a descansar. Todo lo contrario. «El lunes me fui al Pontillón do Castro a hacer algo de piragüismo y después nadé mas de una hora para descongestionar los hombros», confiesa este súper héroe, que pelea por desafiar su patología a base de retos.

Con la aventura ya reposada, asegura que «lo más duro es tener que subir 19 veces por el mismo sitio, esa rutina es muy complicada, especialmente por la noche, cuando llevas mucho cansancio acumulado y te cuesta controlarlo», comenta Víctor Loira, que solo tiene la espinita de no haber completado las 23 vueltas que le llevaría a la cima de su particular Everest, al que se asciende desde Marín.

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