El colectivo vacía trasteros o se ocupa de mudanzas a cambio de que le donen las prendas o muebles que hay en el interior. Luego las venden personas en riesgo de exclusión a unos precios mínimos
03 may 2019 . Actualizado a las 05:00 h.Su nombre es una declaración de intenciones: Boa Vida, se llama la asociación pontevedresa que lleva siete años tratando de apoyar a personas en situación de pobreza o exclusión social. No es un colectivo al uso. No busca tener unas estadísticas de órdago. Se centra en ayudar a poquitas familias -tiene lista de espera-, pero les presta auxilio integral, sobre todo, formándolas y proporcionándoles trabajo o, al menos, un voluntariado remunerado. Tampoco funciona con demasiada jerarquía. En el ADN del colectivo está que todos tengan voz. Sobre todo, los recién llegados. Así que eligen a Lourdes Bustamante, que lleva solamente unos meses ligada a Boa Vida, como portavoz en la entrevista. Hacen bien en escogerla a ella. Porque su historia retrata bien el espíritu de la entidad.
Lourdes es una venezolana que hace un año cerró la puerta de su casa en Barquisimeto como siempre, como si fuese a volver a las pocas horas. Pero no lo hizo. Voló a España, se vino a Pontevedra dejando atrás el bufete en el que ejercía de abogada, a parte de su familia, a una Venezuela «ya irreconocible»... Todo su mundo se tambaleó entonces y todavía no ha parado de moverse. Pero un día, leyendo el periódico, vio una noticia sobre la asociación Boa Vida. Entró en contacto con el colectivo y topó esa piedra a la que agarrarse. «Me ofrecí para colaborar, porque vi que era una asociación que luchaba contra la pobreza, y me sentí muy acogida como inmigrante. Enseguida vi que mis propuestas gustaban y comencé a tener ilusión», explica.
¿Y qué hace Lourdes? Pues Boa Vida, como a sus otros voluntarios, le dio una beca de formación para que se familiarizase con el trato con el publicación y la carga y descarga de muebles y ropa. No en vano, lo que hace el colectivo es recoger donaciones de prendas y de todo tipo de enseres y que personas como Lourdes las clasifiquen y vendan luego en una tienda solidaria o en un almacén, ambos ubicados en la ciudad de Pontevedra.
Más de dos mil donaciones
El colectivo logró que en el año 2018 más de dos mil personas le hiciesen donaciones. Lourdes explica que la clave para conseguir tantos muebles y enseres está en lo siguiente: «Ofrecemos un servicio en el que se vacían trasteros o se realizan mudanzas. Si lo que aparece es reutilizable en un alto porcentaje, si luego lo podemos vender, no se le cobra nada por el trabajo. Si hay que llevar muchas cosas al punto limpio sí tienen que hacer una aportación económica. Pero un 80 % de lo que se recoge en los trasteros suele ser reutilizable».
El año pasado hicieron noventa servicios de este tipo. Tienen anécdotas hasta hartar. «En los trasteros a veces hay maravillas. Sentimentalmente, me sorprende la facilidad con la que muchas personas se deshacen de fotografías familiares antiguas o de colecciones de sellos. Aparece de todo, hasta mucha ropa con etiqueta, calzado sin estrenar o también prendas con dinero o carteras dentro», explica Lourdes. En el catálogo de anécdotas se ha quedado la dentadura que toparon con diente de oro incluido, alguna bicicleta estática de los años sesenta o audífonos.
Luego, los voluntarios hacen una selección minuciosa y ponen a la venta todo aquello que es aprovechable. Los precios son los mínimos: «Hoy mismo tenemos cualquier prenda que veas por 0,50 euros y el calzado a un euro», explica Lourdes mientras se afana en colocar el género.
De esas pequeñas ventas van saliendo los euros para pagar becas de formación o incluso contratos a las personas que están en las tiendas solidarias, para ayudar a algunas familias con sus recibos imprescindibles o para mantener abierta la Oficina de Dereitos e Deberes Sociais, por la que el pasado año pasaron a informarse más de 500 personas. Es una labor de hormigas. De ir sumando cada día. Como dice Lourdes, «de que todo el mundo ponga su granito de arena».