Ante todo, brexit significa incertidumbre, no solo para los emigrantes, sino también para el conjunto de la sociedad británica. Seguramente porque el gobierno no se esperaba la victoria de la desconexión, todo el proceso está siendo improvisado. Aunque casi todo son dudas para los españoles residentes en el Reino Unido, hay una certeza perjudicial para todos: la depreciación imparable de la libra. Hace año y medio la divisa británica se cambiaba a 1,40 euros, actualmente está por debajo de los 1,15. Hagamos cuentas: un sueldo mínimo semanal ronda las 250 libras. En el 2015, eso al cambio eran 350 euros. A marzo del 2017, se habían reducido a 285. El poder adquisitivo de los españoles ha decrecido en no menos de 260 euros al mes. Los expertos auguran un largo período en el que la libra seguirá en esta media, lo que beneficia a la exportación pero ya empieza a repercutir en la importación.
La mente del emigrante, hablo en primera persona, siempre está entre dos mundos, el de procedencia y el de residencia. Tenemos el alma dividida, nunca sabiendo al cien por ciento si debemos planificar el regreso o asentarnos en el país de acogida. Después de año y medio en Inglaterra, país duro pero a la vez abierto a los foráneos, cada vez se hace más difícil saber qué quiero hacer de mi vida. Afortunadamente, la supuesta bonanza económica de la España postbipartidista todavía no me convence lo suficiente.