Mercedes, «la viuda», componedora de barrigas

María Hermida
maría hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

Ramón Leiro

Reniega de bruja o curandera... Dice que solo sanaba estómagos con un ritual «que pode facer calquera»

18 may 2016 . Actualizado a las 12:29 h.

Dicen que Castelao escribía y dibujaba con un humor que provoca la sonrisa pero no la carcajada; un humor aleccionador, capaz de hacer llorar y reír a la vez. Es idéntico al que tiene Mercedes, la viuda. En realidad, se llama Mercedes Couso y es natural de Salcedo, aunque vecina del barrio pontevedrés de A Parda desde los 22 años -ahora peina los 89?. Pero casi desde siempre fue la viuda. Y no es de extrañar. Conoció a Manuel, a su Manuel, en el colegio de los ciegos de Campolongo. Dice que ella era guapa y él también. Pero añade que eso poco importó: «O que el quería era unha muller traballadora, porque tiña unha finca na Parda para traballar nela. E por iso me elixiu a min, e non se equivocou», dice entre risas. Así fue como se casaron. Casi en la luna de miel, la muerte de él los separó. Aunque sigue teniendo a mano su foto para demostrar que Manuel estaba de buen ver, se quedó viuda a los 23 años y con María del Carmen, de dos meses, en los brazos. Tuvo luego una vida dura, quizás igual de difícil que muchas mujeres de su generación. Pero su caso fue algo distinto. Porque, además de «traballadora e nada fea», como ella se denomina, Mercedes fue componedora de barrigas. Tal cual.

Tras enviudar, y cuando su hija no levantaba aún dos palmos del suelo, Mercedes se buscaba la vida vendiendo legumbres en la plaza, dando salida al vino casero o criando cerdos... El caso era que no faltase para comer. Pero la niña empezó a padecer del estómago. Así que Mercedes recurrió a una prima suya de Salcedo que con una moneda y una especie de responsos curaba lo que se llamaba «o codo dos rapaces», una especie de descompostura de barriga típica de los críos. El caso es que la niña mejoró. Y Mercedes, aprovechando que se había hecho con una moneda de plata, aprendió de su parienta a componer las barrigas.

«E nada de cobrar»

La mujer fue cogiendo fama. Y hasta ella llegaban «moitos, moitos pais con meniños que vomitaban e tiñan unhas descomposicións que non lle daban parado». Ella les recitaba tres cosas distintas, que todavía dice hoy de carrerilla, les pasaba la moneda por la barriga, les mandaba rezar unas oraciones...

«E melloraban», cuenta. Antes de seguir narrando cómo era el procedimiento, advierte: «Eu nunca gañei nada con isto, nada de cobrar. Non me dedicaba a iso... Facíao por axudar e listo, pero nada máis»

. Reconoce que algunos regalos de agradecimiento recibió, pero que su pan se lo ganaba vendiendo verdura o podando las vides y limpiando fincas, ya que también anduvo al jornal. Con semejante percal, hay que preguntarle si algo de bruja tiene. Su respuesta no se hace esperar. Primero, suelta una carcajada, luego espeta: « ¿Bruxa? Ai se eu fora bruxa... A máis de un tíñao eu ben amañado... Quen me dera ser bruxa... Pero nada de nada».

Al lado de su hija, que se sabe también de memoria la letanía para curar barrigas pero nunca la quiso poner en práctica, Mercedes insiste en que cualquiera puede hacer lo que ella hacía: «Con ter a moeda de prata e saber o que hai que dicir... Xa vale calquera». ¿Pero habrá que creer, tener fe en ello?, se le pregunta. Y, nuevamente, tira del mismo humor: «Home, que cousas tes... Hai que crer sempre, crer en todo». La pregunta sirve para contar la anécdota de un padre que pensaba que Mercedes le iba a hacer «algo raro» al niño y cuando descubrió que solamente canturreaba cosas como «aquí te corto, aquí te prendo, aquí te seco e aquí te estendo» y le pasaba la moneda por la barriga «quedou aparvado, non pensou que só era iso».

Mercedes, además de ser trabajadora, tenía cabeza. Y siempre pagó la Seguridad Social «pola agraria». Así que ahora disfruta de la jubilación sin los ahogos de antaño. «Agora estamos mellor... Non imos estar, só faltaría», dicen madre e hija al unísono. Hablan así mientras Lola, una vecina, le acerca a Mercedes una tostada de pan, huevo y azúcar para endulzar la charla. La mira con ganas, y sonríe, dejando a la luz una boca sin apenas dientes. Uno entiende que le apetezca algo blando, y le dice que la pena es que chuletones no pueda morder. Entonces, tira de humor otra vez: «Ti trae o chuletón, que eu se non o roio, chúpoo», remacha.