«Yo creo que esta crisis nos ha hecho más solidarios»

maría conde PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

CAPOTILLO

Julio Montes Sirvent duerme desde hace dos años en la calle. En verano, sobre un banco. En invierno, en el cajero de enfrente

26 may 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Julio no existe para el sistema. A sus 55 años no tiene trabajo, ni relaciones familiares, no cobra ninguna ayuda y no dispone de vivienda. Su único hogar desde hace dos años es la calle Loureiro Crespo, a los pies del Hospital Provincial. Allí sí existe para muchos vecinos y viandantes, con los que es frecuente verle hablar, discutir y debatir. Porque en lo que se llama la universidad de la vida, él no deja de superar cursos.

El lugar donde duerme no es para nada casual. Lleva cuatro años en Pontevedra y antes de encontrar sus bancos había dormido al raso junto al Pazo da Cultura. «Pero el retranqueo del edificio del hospital hace que este sea el lugar donde más pronto pega el sol por las mañanas», cuenta. Cuando hace buen tiempo, pernocta sobre las tres tablas del ya gastado banco de madera frente al centro sanitario. Y en invierno, cruza la calle y se resguarda en el cajero. Entre medias, su día a día transcurre entre el despertar con el reparto de periódicos en el quiosco, las conversaciones con sus amigos, sus paseos, sus cafés y pedir limosna. Algo que le permite ir tirando para vivir sin necesidad de recurrir a organizaciones sociales. «Dejo el vaso y si la gente me quiere dar, bien, si no, no pasa nada. Para vivir me llega, no tengo vicios, y tampoco me gusta salir ni el alcohol...».

En Frankfurt

Da gusto escucharle contar historias. La de cómo llegó a la ciudad arranca en Alemania, concretamente Frankfurt, donde este tudense -«mentalmente alemán»- emigró con su familia en 1974, a la edad de quince años. Allí empezó a trabajar enseguida, y lo hizo en una imprenta, en la industria metalúrgica y como almacenista en una empresa de transportes. Se casó con una chica portuguesa. Pero llegó el divorcio, «que te hace plantearte muchas cosas, te peleas con la sociedad, contigo mismo, con las leyes, con las mujeres que te divorcias..». Así que después de veinte años decidió emprender el regreso a la Península.

Al pisar Irún, Julio reconoce que sintió «desilusión». «Cuando llegué allí, pregunté por el polígono industrial, y se echaron a reír. Pregunté, ¿hay trabajo por aquí? Y se reían». La realidad fue que no encontró empleo, y entró en lo que él denomina «la red de comedores sociales y albergues; fue la ruina». «Ibas de uno a otro, sabías dónde había de comer y para ducharte, y pasé años, di la vuelta a España, me fui a Francia, a Italia, a Portugal, volví... Siempre andando. No sabía por qué andaba, pero andaba, conocía cosas nuevas. Era una vida así un poco bohemia, pero pasabas más hambre y calamidades que...».

Actualmente está empadronado en la ciudad de Zaragoza y, aunque ya había pasado en esa ruta por Pontevedra, en la ciudad del Lérez decidió establecerse desde hace cuatro años. «Creo que donde uno nace es donde mejor se encuentra y donde tiene sus orígenes es donde mejor se está», dice para explicar su decisión.

En estos dos años durmiendo en la calle afirma no haber tenido ningún problema durante las noches. «Jugar sí, pero cosas serias no», matiza. Ahora, añade, no solo conoce a la gente del barrio «sino a su segunda o tercera generación». «Hablar -dice- siempre es bueno, y primero ayuda a la propia persona».

Sin planes

No quiere dormir en un albergue «porque supone entrar en esa red otra vez y no quiero volver a estar por toda España tirado; aquí, mal o bien, tienes amigos». Y el futuro, «nunca se sabe», no se hace planteamientos ni a corto ni a largo plazo. «Una vez en Zaragoza intenté arreglar mi situación, lo que hacía en Alemania, y la verdad notaba que me estaban dando por saco. Ni paro, ni ayudas ni nada».

Ahora dice que lee menos la prensa -a veces conocidos que han estado en Alemania le traen diarios germanos con los que repasa el idioma- porque «con la política y todas esas tonterías no me gusta». «Yo la crisis la veo de forma diferente a vosotros -destaca Julio-. Una, porque viví en Alemania y desde el punto de vista alemán, cuando se dice, atención pasa algo, es para que salten todas las alarmas. Aquí estuvimos hablando del rollo de Grecia mientras hacíamos lo mismo. Ha habido mucho ladrillo y poca industria. Y es normal que un día nos caiga un tirón de orejas».

Entre las cosas buenas, asegura, «la crisis nos ha hecho más solidarios». «Hoy la gente ayuda más porque tiene que ayudar a sus hijos y nietos, con cinco o seis millones que hay en el paro...». Le llama la atención que le pregunten qué guarda en su pequeño hogar, otro banco situado junto al que duerme. Tres sacos, ropa, algún periódico alemán, como el Bild Zeitung... Aunque para quienes tienen oportunidad de conversar con él, lo más valioso es lo que alberga su interior.