«No me mató de milagro»

maría conde PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

El octogenario que recibió en enero un botellazo se recupera en su casa

19 feb 2012 . Actualizado a las 07:05 h.

Unas gafas graduadas y restos de cristales desperdigados rodeaban el pasado 3 de enero el portal número 14 de la calle Herreros. Eran la huella, junto a un cartón ensangrentado, del impactante suceso que había sacudido a primera hora de la mañana a los vecinos de esta céntrica zona. Juan Blanco, el vecino del cuarto piso del inmueble, cayó fulminado esa jornada tras recibir un botellazo en la cabeza cuando charlaba con un técnico que se disponía a arreglar una avería de la luz. Hoy, mes y medio después, Juan usa de nuevo esas gafas, que quedaron intactas a pesar de la caída, y que la inquilina del bajo del edificio recogió tras el suceso.

Milagrosamente, salió vivo del percance y puede contarlo. Aunque lo que recuerda de aquel día es más bien poco. «Yo iba a tomar un café, dice, y me paré con el de la luz. Y entonces fue cuando pasó». Fue la vecina del segundo, que lleva años a tratamiento, quien presuntamente le arrojó el envase. Atrás quedan ahora 24 días de hospitalización, dos en la uci, en el Xeral de Vigo, un tiempo que su hija Mari Carmen nunca pensó que iba a ser tan corto. «La verdad es que tuvo suerte, para lo que pudo ser?».

El impacto de la botella de cristal, de tamaño grande y medio llena de agua, le rompió el hueso temporal y sufrió derrames internos, que finalmente remitieron y no fue preciso intervenir quirúrgicamente. Ha perdido audición, aunque todavía está pendiente de diversas pruebas para conocer el grado, y espera también nuevas citas para realizar un TAC y para que lo examine el neurocirujano. Otra de las secuelas son los mareos que a veces sufre al levantarse o realizar algún movimiento, «pero nos han dicho que es del oído, por el equilibrio», añade su hija, que desde que Juan ha vuelto a casa se ha trasladado a vivir con él para cuidarle.

Rutina

Luce buen aspecto y hay que fijarse para ver la cicatriz que tiene en la cabeza. Y con 82 años, se afana en recuperar la rutina diaria. Él mismo hace la compra, y prepara la comida en casa -cocina «muy bien», añade Mari Carmen-. Pero aún le queda. Ya no puede conducir y lamenta lo abandonado que tiene el jardín de su otra casa, cerca del Lago de Castiñeiras, al que antes dedicaba prácticamente todas las tardes.

La supuesta autora del botellazo, por su parte, lleva ingresada desde entonces en la unidad psiquiátrica del Hospital Provincial. En la puerta de su vivienda todavía es visible la huella de la actuación de los bomberos, que tuvieron que forzar el acceso para que la Policía pudiese detenerla aquel 3 de enero, casi once horas después del suceso.

Juan y Mari Carmen están al tanto de su evolución, pero ambos se muestran preocupados por si en el futuro vuelven a coincidir en el edificio. «No se puede olvidar algo así -dice Juan Blanco-. Ella tiene que pagar por lo que hizo, no me mató de milagro». «Ahora sabemos que la dejan salir dos horas al día del centro -afirma Mari Carmen-, pero no entiendo que la dejen salir sola. A través del abogado vamos a pedir que si sale, lo haga al menos acompañada. Un día la vieron en la Peregrina, otro puede venir aquí».

«Pero tampoco es que estemos pendientes, si no, no vives», admite la hija. «No le diría nada si la viera», añade su padre.

«Me tocó a mí como podía pasar a cualquiera, ya había tirado cosas por la ventana»

Juan estuvo 24 días hospitalizado en el Xeral de Vigo y perdió audición

«La gente me para, me abraza, incluso gente con la que no tenía trato me saluda»