Se define a sí mismo como un artesano de la abogacía y derrocha humanidad
23 oct 2011 . Actualizado a las 06:00 h.A sus 92 años, Gonzalo Adrio Barreiro conserva una lucidez envidiable y está terminando su tercer libro sobre las agrupaciones políticas en Pontevedra durante la II República. Este «abogado artesano», aferrado aún a su máquina de escribir, ejerció durante 60 años y creó escuela en su viejo despacho. El Ministerio de Trabajo le concedió hace menos de un año la Medalla de Oro a toda una trayectoria profesional y personal. Ex diputado en el Parlamento gallego y ex concejal socialista en el Ayuntamiento de Pontevedra, es un acérrimo recuperador de la memoria histórica, «sin odio y sin rencor». Está considerado por todos como una autoridad moral y es un referente ético en la defensa de las libertades, de los derechos democráticos y de la dignidad del ser humano.
-Usted escribió un canto a la vejez. ¿Cómo se siente a los 92 años?
-A mi edad se ve todo con un prisma distinto. Canto a la Vejez es un pensamiento poético en el que digo que con ella llega la calma, la comprensión que da el recuerdo. Que queremos paz, cortesía y que el alba nos traiga un sentimiento nuevo. Que sin odio, sin rencor, pero el recuerdo vivo, voy pasando los días con amor y dejando el odio en el olvido. Que quiero ver un futuro sin temor, un mundo en el que reine la alegría, un mundo sin odio, sin rencor, el que Tomás Moro nos legó en La Utopía.
-Ser un referente ético debe ser una gran responsabilidad.
-Bueno. Yo tuve como antorcha a mi joven hermano José, que lo asesinaron a los 26 años. Y fui fiel a los principios que nos enseñó en El alma de la toga el magnífico abogado Osorio y Gallardo. Siempre tuve en cuenta la moral por encima de la ley.
-Sin odio, sin rencor, pero el recuerdo vivo, dio título a su libro autobiográfico. ¿Qué encierra esa máxima?
-No tener odio ni rencor, pero mantener el recuerdo vivo de aquellos que fueron víctimas de esos malos sentimientos. La etapa de la transición política no se hubiera podido resolver sin dejarlos a un lado. Estuvieron juntos ex falangistas como Suárez, gente como Tierno Galván o Morodo, Fraga, Calvo Sotelo, Carrillo... ¿Cómo toda aquella gente iba a ser capaz de poder ponerse de acuerdo? Porque se dieron cuenta de que el odio y el rencor fue lo que nos llevó a cuarenta años de tiranía.
-¿Hasta que punto marcó su vida el fusilamiento de su hermano aquel fatídico 12 de noviembre de 1936?
-En todos los aspectos. Yo, por ejemplo, iba a estudiar Historia en la Universidad de Santiago, que era lo que me gustaba. Pero mi admiración por él, que era abogado, me decidió a hacer Derecho. Mi hermano Pepe había sido gobernador civil en Ourense en el período anterior a noviembre de 1933 y tras las elecciones legislativas que ganaron las derechas volvió a Pontevedra a ejercer la profesión de abogado.
-¿Hay aún mucha memoria histórica por recuperar?
-La historia está por escribir siempre, nunca se completa. Pero insisto en lo mismo, hay que escribirla sin odio y sin rencor.
-Usted es un humanista. ¿Que implica eso?
-Francamente, soy como soy. Creo que el amor resuelve más que el odio. Si puedes hacer algo por los demás, es tu obligación hacerlo. Hay tanto desamparo en el mundo, tantas personas necesitadas, que da pena y vergüenza ver como unos se llenan las arcas de dinero mientras otros se mueren de hambre.
-¿En algún momento llegó a dudar de la justicia?
-Una cosa es la justicia en sí y otra lo que trajeron consigo unos tribunales de injusticia, los consejos de guerra en los que los sublevados juzgaban como rebeldes a los que estaban al lado del legítimo gobierno de la República. Una farsa trágica a la que se pretendía dar apariencia de legalidad y que terminaba con los fusilamientos.
-Como el de Alexandre Bóveda, que usted presenció.
-En aquel momento aún estaba terminando el Bachillerato y presencié tres consejos de guerra, uno de ellos el de Alexandre Bóveda. Una de las cosas que más me impactaron fue la conducta de un elemento, un empleado de la Diputación, que cuando el fiscal Rivero de Aguilar acosaba a Bóveda se levantaba de la silla y aplaudía. Aquello no eran juicios, aquello era un escarnio, un horror.
-¿Por qué se autodenomina como abogado artesano?
- Cuando empecé en 1946 todos los abogados eramos artesanos. No teníamos más que el tintero y la pluma para escribir las demandas a mano. Mi primera máquina de escribir me la prestó un amigo porque yo no podía comprarla. Y con aquellos pocos medios inicié mi andadura y mantuve siempre mi despacho con independencia y libertad.
-¿Fue duro ejercer en la dictadura?
-No era lo mismo que ahora. En los cuarenta solo había un juzgado de Primera Instancia e Instrucción y un Juzgado Municipal. Y la Audiencia solo tenía una sala. Después fue aumentando. Todos nos llevamos bien. No hubo problemas.
-Su primera intervención en la Audiencia fue un alegato contra la pena de muerte.
-Tenía que jurar el cargo y no llevé padrino, en mi mente estaba como tal mi hermano y le dediqué un recuerdo a él y a los que fueron víctimas como él. Cité errores judiciales que llevaron a la muerte a tantos inocentes por la existencia en los códigos de esa horrible pena. En aquel tiempo era una temeridad decir eso, pero presidía el tribunal José María Suárez Vence y el fiscal era Cándido Conde Pumpido, que me lo permitieron.
-En cambio, en otra ocasión le denunciaron por desacato.
-Ahí llevaba ya 30 años de profesión y durante mi informe en una apelación le dije varias veces al fiscal que no había leído con detenimiento el sumario, porque acusaba sin razón. Me denunció, pero el juez sobreseyó el asunto. Fue una tontería.
-¿Cúando usó por última vez la toga? ¿La echa de menos?
-Fue en los noventa y ya estaba cansado. En el despacho siguieron mi hija María, mi sobrino y otros abogados. Se ha renovado mucho y un artesano como yo, que no sabe manejar ordenadores, ya no pinta nada.
-Ya veo que sigue aferrado a su máquina de escribir.
-Estoy con mi tercer libro sobre las agrupaciones políticas en Pontevedra durante la II República y tengo un sobrino nieto que me pasa los folios mecanografiados al ordenador.
Gonzalo Adrio Barreiro Abogado, ex diputado gallego y ex concejal de Pontevedra
«El odio y el rencor fue lo
que nos llevó a cuarenta años
de tiranía»
«Con la vejez llega la calma y también la comprensión que da el recuerdo»
«Cuando juré como abogado mi padrino, en mi mente, fue mi hermano Pepe»