Un país volcado hacia el mar debería tener perfectamente establecidos los protocolos de actuación en caso de siniestro. Para los grandes de negro recuerdo en las costas gallegas y para los pequeños y cotidianos. Que un camión de bomberos aparcado sobre una duna acabe sofocando un incendio en un barco en la ría debería encender las alarmas. La actuación del pasado domingo fue rápida y diligente. Se logró apagar el incendio y se alejó el peligro. Pero la respuesta a los siniestros en el mar no puede depender del exceso de celo de un servicio de emergencias municipal y de la voluntad del personal de un club náutico. Los protocolos deben estar reglados, ser ágiles y contemplar todas las posibilidades de emergencias. La gente del mar sabe lo importante que es no dejar nunca cabos sueltos.