Permítanme que haga referencia a dos conciertos recientes. El día 20 de octubre pasado visitó nuestra ciudad la Orquesta Sinfónica del Teatro Olímpico de Vicenza, bajo la dirección de Giancarlo de Lorenzo, ofreciendo el Concierto para piano nº 2 de Chopin y la Suite Sinfónica Scheherezade de Rimsky-Korsakov, redondeando una brillante velada musical. El 29-4-10, en la ciudad olívica la orquesta Academy of Saint Martin in the Fields, dirigida por el maestro Terje Mikkelsen, interpretó la Obertura Egmont de Beethoven, la Sinfonía nº 104 de Haydn y la Sinfonía nº 7 de Beethoven.
Dicho lo anterior, establecemos relación con el concierto patrocinado por Caixanova en Pontevedra, motivo del presente comentario. La orquesta Filarmónica Italiana conducida por Giancarlo de Lorenzo ofreció su anunciado concierto, cuya minuta pareció un calco de la presentada por la mencionada orquesta inglesa; es decir: Obertura Coroliano de Beethoven, Sinfonía nº 94 de Haydn y Sinfonía nº 8 de Beethoven, pero con distinto resultado artístico, dado que su concierto, pese a lo bello del programa, ofreció poca química; no estableció ese halo que deja prendado al público por el fulgor de su sonido, de su timbre, de su expresión,? de su duende, como diría un andaluz. Algo muy diferente a lo que el maestro italiano había comunicado en su anterior visita.
Poema sinfónico
La Obertura Coriolano en Do menor, opus 62, de Beethoven, es un antecedente de un género musical que años más tarde tomó cuerpo: el poema sinfónico. Sirvió como introducción musical a una tragedia, donde el heroico general Coriolano decide invadir Roma y humillar al Senado; si bien, a instancias de su madre y de su mujer, cede para morir como un traidor a manos de su ejército sublevado. Tema alborotado al que se opone otro de la ternura femenina, desarrollándose este dualismo y finalizando con una renuncia sobre tenues y delicados sonidos de la cuerda en pizzicato, cual reflejo del héroe vencido por su destino. Célebre página musical de gran belleza cuya interpretación, pese al acertado tiempo de silencio entre los acordes iniciales, cayó en la vulgaridad de la simple lectura, sin mayor trascendencia. La hermosura de sus pentagramas fue muy aplaudida por el público. Tras la muerte del príncipe Nikolaus Esterhazy, a cuyo servicio había pertenecido durante casi treinta años, Joseph Haydn decidió independizarse y aceptó la oferta que le había hecho el empresario Johann Peter Solomon para dar conciertos de abono en Londres, donde tenía que ofrecer música nueva.
Lo mejor
Atendiendo este compromiso, Haydn estuvo en dos ocasiones en Londres (1791/92 y 1794/95), escribiendo para estos conciertos sus doce últimas sinfonías, conocidas con el nombre de Sinfonías londinenses. De éstas, la orquesta Filarmónica Italiana ofreció la Sinfonía nº 94 en Sol Mayor (Sorpresa), de cuya interpretación cabe destacar el virtuosismo de las cuerdas y flautas del primer movimiento; el marcado contraste del piano-fuerte del Andante, la rítmica bailable del Minuetto y la vitalidad y virtuosismo de los violines en el Finale. Lo mejor del concierto.
La segunda parte estuvo integrada por la Sinfonía nº 8 en Fa Mayor, Op. 93, de Beethoven, obra que posee una serie de altibajos, evidenciados en los bruscos contrastes de forte y piano. Destacamos de su ejecución sus exagerados ritardando del movimiento inicial; del Allegro scherzando notamos demasiado destacado el efecto del metrónomo de la composición, así como la bondad de la cuerda; del tercer movimiento (Tempo di Menuetto), en el Trío cierta descompensación sonora del viento con respecto a la cuerda y del Allegro vivace final su desenvoltura. En general, la sinfonía fue interpretada un tanto a macha martillo. Resumiendo: Pese a la belleza del programa, el concierto resultó falto de homogeneidad sonora, con sonidos muy individualizados (ajenos al fraseo) y deficiente equilibrio entre viento y cuerda.