Hay personas sin mácula. Que caminan sobre aguas turbias sin marcharse, cual Jesucristos de ciénaga. Comercian con las bajas pasiones mundanas. Pero vuelan sobre sus inoportunos inconvenientes. Estos seres pasan por la vida con flexibilidad y equilibrio propios de un maestro del Pilates. Y avanzan grácilmente sobre los hombros de los mortales. Siempre preguntan y nunca responden ante nadie. En un entorno sin más dramas que los propios de un país próspero son dañinos como parásitos. En una guerra son los depredadores.
En Ruanda el pasado reciente suena a machetazo sobre carne humana. La resaca del colonialismo europeo consumía mucha sangre y poca sofisticación. Al menos, los que empuñaban las armas se exponían a la incomodidad estética de las salpicaduras rojas, del olor a orina y sudor que destila el miedo. Quizás se asomara después a sus almas un atisbo de remordimiento. O hasta puede que sus víctimas amasaran sus sueños hasta convertirlos en pesadillas. Gajes del oficio de la guerra.
Allí, en Ruanda, un hombre sembraba generosamente el odio para que brotara con fuerza el horror. Bernard Hategekiman decía ser periodista. Ejercía como editor del diario Kamarampaka y trabajaba como locutor de Radio Ruanda. Mataba con la palabra. Limpiamente. Sus discursos eran leña seca para aquella hoguera crepitante en la que se consumieron 800.000 vidas, según la ONU. Si Goebbels levantara la cabeza la inclinaría después ante este individuo para presentarle sus respetos. Pero, a veces, estos individuos generan más cadáveres de los que ciertas sociedades y determinados tribunales están dispuestos a tapar con sus alfombras. Y es entonces cuando estos personajes caen a su propio lodazal. Como el locutor de la muerte, que ha sido condenado a cadena perpetua. Hay un trecho entre Pilates y Pilatos.