El drama del alcohol

Leopoldo Centeno

PONTEVEDRA

29 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Hemos asistido a la puesta en escena de la obra de James Pinckney Miller Días de vino y rosas, en versión española de David Serrano, bajo la dirección de Tamzin Townsen, en el Centro Social Caixanova de Pontevedra. 140 minutos encerrados en un auditorio frente a la pareja de actores formada por Carmelo Gómez y Silvia Abascal presentando un texto incómodo y escabroso, un tema actual y de siempre: los excesos en la bebida alcohólica y sus consecuencias. Esa adicción social a la bebida en solitario, en pareja o en grupos que hecha en desmesura llega a la destrucción personal, de la pareja o del matrimonio... la destrucción humana. El espectador que es abstemio, ante tal trasiego de alcohol en el escenario, concluye la función mareado. Y no es para menos.

Serie de cuadros

Sandra y Luis se conocen en un aeropuerto, rumbo a Nueva York. Dentro de un tono distendido y simpático, se presentan, se hacen preguntas y contra preguntas, creándose un buen clima entre ellos. A los pocos días gritan: «¡Juntos hasta el paraíso!» Y, efectivamente, juntos pasan unos días de rosas y muchos de vino. Demasiados. Por su profesión, Luís bebe cada día más e induce a su mujer a la bebida. Unen su vidas con el matrimonio y tienen un hijo al que llaman Pablo. En casa, con los compañeros de trabajo y con los amigos, van cayendo en el hábito del alcohol, llegando a un punto casi sin retorno. Sin embargo, Luis tiene mayor capacidad de reacción.

La obra está concebida como una serie de cuadros, diferenciados entre sí por la reducción de la intensidad lumínica e incluso algunos apoyados por una buena banda sonora. El primero es el encuentro en el aeropuerto. Le sigue el piso en Nueva York, con la petición de matrimonio. La llegada a casa de Luis completamente colocado, con una apreciable borrachera. Otro, al día siguiente de una fiesta en casa con unos amigos, sufren una impresionante resaca; luego, es diaria. Surge la frase en él: «¡Voy a dejar de beber!» Aparecen días de rosas. Luego, la madre se desentiende del niño. El vocabulario se degrada, alcanzando niveles deleznables; así, grita ella: «¡Dónde está la puta botella!» La pareja en casa bebiendo a morro. En otro cuadro, él se acerca a la boca del escenario y dirigiéndose pausadamente al público, cual compañeros en un centro de Alcohólicos Anónimos, inicia un breve monólogo, diciendo: «Soy Luis. Soy un alcohólico...» Nuevo cuadro: ella abandona el hogar y duerme en la calle sobre un mugre colchón, Luis se le acerca y Sandra le dice: «¿Cómo me has encontrado?» El marido decide regresar a España con el niño para salvar lo poco que le queda de dignidad... Un auténtico drama creado en torno al alcoholismo. Ha habido escenas con un sepulcral silencio por parte del público. Impresionante, a pesar de cierta reiteración.

La pareja se quería entrañablemente, sin embargo el exceso en la ingesta de alcohol ha podido a este amor e incluso al cariño hacia su hijo. Es teatro, ya sabemos; pero también sabemos que el teatro bebe en la fuente de la propia vida. Uno pensaba en los habituales botellones de la juventud actual y en las posibles consecuencias que estos hábitos pueden acarrear y, por ello, nos gustaría que viesen Días de vino y rosas.

Buen trabajo actoral

La obra resulta sórdida pero está muy bien tratada, manteniendo la corrección de formas entre escritor-público. Una buena escenografía y una magnífica dirección hicieron que Carmelo Gómez (Luis) y Silvia Abascal (Sandra) pusieran la guinda a este cóctel agitado por J. P. Miller's. Es muy destacable la interpretación de estos dos únicos actores que se han metido profundamente en la piel de sus personajes, actuando de forma veraz y convincente. Además, entre esta pareja se ha podido apreciar una buena química. Agotador el trabajo realizado. El público que llenaba la sala, salió encantado de la función.