Los turistas se van volando

PONTEVEDRA

Las hermanas González se despiden de Sanxenxo hasta el 2010 sobrevolando la playa en unos días en que el turno de veraneantes de julio cede el testigo a los de agosto

30 jul 2009 . Actualizado a las 10:49 h.

Sanxenxo huele estos días a una mezcla de despedida y bienvenida. Los que disfrutaron de julio empiezan a hacer las maletas y ceden el testigo en forma de llaves de apartamento de alquiler a los que cierran el equipaje en sus hogares de la meseta con ganas de sol. Creo, si nada lo remedia, que este año no vienen a buen puerto, pero seguiré aquí para verlo. Con esta sintonía como banda sonora del adiós, dos hermanas leonesas, Beatriz y Marta González que llevan desde que nacieron veraneando en Sanxenxo, se subieron a bordo de la lancha de la compañía Parascending para ver desde lo alto, la imagen desértica que ayer ofrecía Silgar. Porque a pesar de estar a las puertas de agosto, no solo estaba nublado, sino que hacía falta la chaqueta. Y no digamos en el medio del mar... Así, ataviadas con su arnés y después de desembolsar 80 euros entre las dos, se elevaron en parapente sobre el mar cerca de cien metros y más de 200 alejados del barco.

Pasaron de medir cerca de 1,60 metros a ocupar en el cielo lo que un pájaro en menos de 5 minutos. La experiencia: irrepetible. Pero en el buen sentido. Aunque Marta bajó un poco mareada (según Beatriz, ya es propensa), su hermana se volvería a subir antes de haber tocado incluso la barca.

Diez minutos de vuelo

Al mando de la embarcación iba Luis Cachada y Damián Fernández. Ambos salen una medida de dos veces al día con los turistas más atrevidos. Ayer, a pesar de que el tiempo no ayudaba, salieron a navegar. «A ver si pueden subir antes de que empiece a llover. Es bueno que haga viento pero del noroeste, cuando sopla del sur es frío», explicaba Cachada. Y si el viento era frío, peor era el mar. Doy fe.

Desde la barrera, su padre, Emilio González, y su abuela, Victoria Maudes, vigilaban la cometa humana. «Mi madre tiene vértigo y prefirió irse a casa», decía Beatriz, que el día 9 dejará Sanxenxo para volver al trabajo en la recepción de un hotel castellano. Marta ya ha empezado a hacer las maletas. Mañana toca volver. Quizás el año que viene empiece en la facultad de Ciencias de la Información.

Ayer su vuelo ya sonaba a despedida. «Es que en agosto en León uno no tiene cosas que hacer después de haber estado aquí», explica. Su familia escogió Sanxenxo hace 30 años. El referente que tenían era Ponteareas. «Viví allí diez años», recordaba su padre.

Cara B del glamur

Siempre hay un pequeño punto que resta glamur a los que viven de venderlo. La batea que hace meses apareció varada en la playa de Panadeira, es la carta de bienvenida que se le da a los que llegan en yate al puerto deportivo. Algunos ni siquiera sabrán para que valen eso trozos de madera en forma de cuadrado. Pero esta, por supuesto, solo está de adorno. Nada más. Debajo no hay mejillones. Esta es la cara B del glamur. Al llegar en barco se completa esta imagen con de los balcones y ventanas, que sirven de tendales improvisados del verano. Más que un «Bienvenido a Sanxenxo» es un «Esto es Nápoles», amigos. Toda su cara A, tiene una B más rancia. Mejor no escarbar.

Niños inagotables

El sol acerca a la playa a las familias y los niños pasan desapercibidos, pero el mal tiempo pone el estrés de relieve en pleno verano. Y es que los apartamentos y las habitaciones de hoteles son demasiados pequeños para tanta familia.

Las abuelas, esas benditas mujeres que hacen de niñeras y cocineras hasta en verano, parecen hacer oídos sordos cuando sus nietos se ponen insoportables, pero al resto el mal tiempo no nos tapona el conducto auditivo. Y los discos de Hanna Montana, los teléfonos móviles de juguete, los bolígrafos de luces de colores y sonidos (que en invierno le compran en Baqueira y en verano en Sanxenxo, según explicaba ayer una familia) solo tienen sentido entre padres y abuelos. Después, no y en los locales cerrados, menos. Y encima empieza a llover...