Los Rosales apuestan por el sector del mueble con una propuesta diversificada que inició el padre hace cuarenta años en Marín
19 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Hay dos señas que identifican a la saga de los Rosales. En primer lugar, su actividad profesional, dirigida a la decoración desde que el padre de Manuel Rosales, ebanista, apostase por un negocio que llega hoy a su tercera generación. Y en segundo, el deporte. Precisamente el patriarca del clan hizo historia en los años 20 al convertirse en campeón gallego de ciclismo. En la actualidad, Manuel Rosales es uno de los atletas veteranos más laureados y sus hijos, aunque no tan activos en competiciones, siempre han mantenido también la forma, con deportes como el lanzamiento de disco o jabalina o el medio fondo.
La afición deportiva del padre de Manuel llegaba al punto de que en sus muebles (algunos los hizo para el Museo Torres), tallaba escenas del mundo del deporte. Su hijo, antes de apostar por el mueble, quiso estudiar Mecánica. Pero acabó incorporando estos conocimientos al mundo del diseño. «Le gusta diseñar muebles con hierro», dice Roberto Rosales. Y Manuel asiente, mientras cuenta que tiene patentada desde hace décadas una silla de tres patas, «un invento a raíz del que entré en el mueble».
Creó Muebles Rosales en Marín hace ya cuarenta años, la matriz desde la que han nacido después los negocios que han montado sus tres hijos, pero no descuidó la labor inventiva. Tiene patentado también un somier de regulación lumbar y un dispositivo de seguridad vial que fue premiado en Bruselas. Y ha ultimado ahora un dispositivo para el fregadero «que recoge todas las humedades». El deporte y esta afición «me mantienen la ilusión, y con ilusión se vive mejor».
Todos los hijos se decantaron por seguir la tradición familiar. «De pequeños -dice Roberto, el mayor- echábamos una mano en el negocio y mi padre nos llevaba a ferias». Él fue el primero que salió del nido, con un establecimiento dedicado al regalo y la decoración que instaló en las galerías Oliva de Pontevedra, «en un segundo piso», contradiciendo todas las leyes del márketing. Pero funcionó hace 25 años, «y en uno ya había amortizado la inversión y ganado dinero». Cinco años después llegó Toscana, el local que sigue manteniendo en la calle Manuel Quiroga y que introdujo el mueble colonial en la ciudad. Para demostrar que no solo podía decorar hogares, montó también un pub, el Termita, que dejaba claras las tendencias por las que apostaba en su tienda. Y ahora prepara la apertura de un nuevo local «en el que vamos a introducir novedades», pero del que prefiere no adelantar mucho. Tan solo que en su escaparate estará la cama de su abuelo, con sus tallas de madera.
Manoli primero y Antonio después, también se decantaron por este sector, ambos también con establecimientos en la capital. El que regenta ella, Casanova, apuesta por el mueble más moderno y vanguardista, mientras Bioka, el de Antonio, trabaja solo mobiliario para cocinas.
Todos reconocen que en los últimos años, el cliente se ha vuelto cada vez «más exigente». «En los quioscos hay casi más revistas de decoración que de cotilleo y por eso la gente está muy al día», apunta, mientras reconoce que «hoy, se lleva todo». «De todas formas, nosotros no compartimos tantas tendencias, buscamos más el mueble intemporal -señala-. En Galicia se busca sobre todo un hogar acogedor y confortable». «Pero también depende de la edad del cliente», apostilla su padre.
En cuanto al deporte, Manuel reconoce que quien más ha salido a él es su hija, que suele correr en pruebas de medio maratón, mientras que Roberto y Antonio pertenecieron también a la Gimnástica. Eso sí, hay una competición en la que nunca fallan los cuatro, la carrera San Silvestre del 31 de diciembre.