Una saga que maneja la roja

PONTEVEDRA

Ambos fueron jugadores antes que árbitros de fútbol. El padre está retirado, pero su hijo sueña con alcanzar la Primera División

06 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Sin duda, puede que sea una de las labores más difíciles e ingratas del fútbol, pero a Manuel Vidal Baamonde y su hijo Manuel les tira. Ambos fueron primero jugadores en el deporte rey, pero pasaron luego a ser jueces sobre el terreno de juego. El primero dejó el campo hace ya quince años, mientras que su vástago es actualmente árbitro de Tercera División, y fue uno de los más jóvenes de España en acceder a esta categoría; tenía solo 17 añitos.

Su padre tuvo que abandonar el fútbol por una lesión y, animado por un amigo, comenzó a arbitrar para mantenerse en forma. Asegura que pasar de un lado a otro de la barrera no fue complicado: «Siendo jugador tuve mucho respeto a los árbitros, porque sabía que era una labor difícil, y no tuve problemas -señala-. Y como árbitro también tuve suerte, porque siempre me respetaron».

Eso sí, reconoce que algunos de sus amigos aseguraban que se transformaba en el campo «y que era demasiado recto». «Cuando arbitraba, tuve que expulsar a algún amigo, pero siguen siéndolo», afirma. Fue ascendiendo hasta Regional Preferente y llegó a acompañar como juez de línea al árbitro pontevedrés Bello Blanco en Primera.

A Manuel no le hizo mucha gracia que su hijo heredase su afición. Sobre todo, porque cuando lo decidió, tenía tan solo 13 años: «Era muy joven». «Al verlo en casa, me atraía, y me gustaba el ambiente, pero tuve que llorar un poco», cuenta Manuel Vidal Araújo. También su hermano Miguel estuvo durante un tiempo arbitrando, aunque ahora está en fútbol sala.

Desde niño

Pero el hecho de empezar como auxiliar siendo solamente un niño no le privó de las lindezas que los aficionados futboleros suelen dedicar a los de su gremio. «Te insultan igual -afirma-. Hay que ser bastante duro de cabeza para ser árbitro. Pero a veces, cuando más te aprietan de fuera, más te concentras y estás en tensión, y casi te gusta que haya más ambiente que no que esté todo muy aburrido». Este año la «mala suerte» impidió que aprobase las pruebas para ascender de categoría a Segunda División B, pero volverá a intentarlo. Y su meta está en Primera: «Sería un sueño».

Aunque ya se sabe que la tarea del árbitro es siempre la más criticada, ambos aseguran no haber tenido problemas graves por sus decisiones. Aunque anécdotas les sobran. Vidal Baamonde recuerda un partido en Ribadavia en el que uno de los equipos se jugaba el ascenso y el otro el descenso. En un momento, hubo un balón que pegó en la red por fuera, pero los espectadores locales pensaban que había sido gol. Con toda la gente presionando, el árbitro y los jueces de línea tuvieron que refugiarse en la caseta hasta que llegó la Guardia Civil. «Y cuando llegó, nos tuvieron que pasar el carné por debajo de la puerta para que supiésemos que eran ellos, mientras los espectadores seguían golpeando la caseta».

Su hijo no se queda atrás. Hasta ahora, su partido más importante fue el de la fase de ascenso a Segunda B que arbitró entre el Universidad de Oviedo y el Atlético Baleares en la ciudad asturiana. Con 0-1 en el marcador, pitó un penalti a favor de los locales y éstos lo fallaron, pero hubo que repetirlo. Y a la segunda, acertaron. A pesar de su decisión favoreció a los de casa, afirma que «eran muchos más los de fuera» y tuvo que escuchar lo suyo.

Si en algo coinciden también padre e hijo es en destacar «el compañerismo» y el gran ambiente que existe entre quienes arbitran. «Haces muchos amigos», señala Vidal Araújo. «Ves además una juventud muy sana», añade su padre. En la comarca habrá unos cien árbitros, «pero se necesitarían otros veinte o treinta», dice el hijo.