Fue durante 35 años el ingeniero del Concello y en un recorrido por el río Lérez rememora algunas de las infraestructuras urbanas que llevan su firma
22 dic 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Ourensano de nacimiento, de padres caldenses y pontevedrés de adopción. Enrique García Quintela es un personaje emblemático de esta ciudad por su inconfundible estilo y personalidad. Fue durante 35 años el ingeniero del Ayuntamiento y todos los proyectos de infraestructuras y servicios urbanos ejecutados en las tres últimas décadas del siglo XX llevan su firma.
Se jubiló en el 2000 como funcionario y sigue trabajando «a otro ritmo» en su estudio de ingeniería, del que han salido más de cincuenta proyectos de naves frigoríficas industriales.
En el Concello hizo de todo, desde conductor de un camión de bomberos -un Magirus que todavía está en el parque, con el que iba a buscar a su novia y lo aparcaba delante de la cafetería de Las Torres- hasta de relojero. Se ocupó muchos años de darle cuerda al reloj de la Casa Consistorial, que nadie más osaba tocar.
Llegó a Pontevedra a principios de los 60 para hacer la mili como alférez de artillería en el desaparecido cuartel de Campolongo. «Ese cuartel formó parte de una etapa de mi vida y me dio cierta pena cuando lo tiraron», comenta.
Sigue relatando que enseguida se dio cuenta de que «ésta iba a ser mi ciudad». «Cuando vi estallar los carnavales, me dije: ¡Coño! ésta es una ciudad muy divertida, la gente es cariñosa y las pontevedresas muy guapas. Me quedo». Las posibilidades de desarrollo profesional eran limitadas, «pero aquí estoy... orgulloso».
Pontevedra evolucionó y la concepción urbana actual le encanta. «Es de esas ciudades para vivir y mis amigos de fuera se asombran de la calidad de vida que tiene». La peatonalización le parece un acierto en una capital de estas dimensiones y cree que «ha ganado muchísimo en calidad urbana y en calidad humana».
Quintela nos propone bajar al río Lérez, porque en la parte baja de la ciudad tiene muchos referentes. Conoce bien cómo estaban las tuberías del subsuelo de la ciudad, le parece muy importante la obra de eliminación de vertidos, que se hizo estando él ya jubilado, y confía en una rápida autorregeneración del río.
Está pendiente el alcantarillado de las parroquias y recuerda que el primer macroproyecto de saneamiento rural lo hizo él por encargo de Rivas y fue heredado por Cobián, Pedrosa y Lores. Asegura que las arterias principales están ya construidas y que fue una obra «titánica». «Hay mucho hecho», dice.
La nueva red de abastecimiento a Pontevedra y su ría es otra asignatura pendiente y el ingeniero recuerda años «horribilis» de falta de suministro de agua a la ciudad. «A la brigada municipal de fontanería habría que hacerle un monumento», afirma. Y saca su lado pícaro para revelar que cuando la infraestructura urbana era muy deficiente más de un verano «hubo que robar agua a Celulosas, aspirando de su tubería y con bombeos casi clandestinos».
Sobre el embalse de O Pontillón, le preocupa su conversión en una pista de piragüismo por el hecho de que haya lanchas auxiliares de motores fueraborda en el agua de suministro a la ciudad.
Pasando el puente de los Tirantes, se fija en las ruinas de Tafisa. «Yo participé en el montaje de esta fábrica, con José María Pita Orduña, Alfonso Barreiro y Antonio Irribarren», recuerda. Es un lugar privilegiado y espera acierto en la urbanización de los terrenos.
En la otra orilla del Lérez se divisa el solar ahora dedicado a párking y que antes ocupó la nave del mercado provisional, otra obra de Quintela. «La hice con mucho cariño, me dio muchas alegrías y también desagradecimientos por parte de sus usuarios», lamenta.
Al fondo se ve el Pabellón de Deportes, que diseñó el prestigioso arquitecto Alejandro de la Sota y que como ingeniero municipal le tocó reformar, no sin polémica. Explica que fue una adaptación funcional de necesidad, para resolver incumplimientos de seguridad, problemas de goteras por condensación y de humedades congénitas. «Pero la estructura no se tocó y mantuvimos en lo posible lo que había hecho De la Sota», asegura. En cuanto a devolver el pabellón a su estado original, afirma que «todo se puede hacer, pero con los extremos que no había resuelto el arquitecto».
Más allá, asoma el nuevo Pasarón, en construcción. Enrique García Quintela llegó a hacer un anteproyecto de reforma del vetusto campo de fútbol y reconoce que su preocupación era «resolver la inestabilidad permanente que tenía el estadio». «Me daba pánico la estructura de preferencia, con un hormigón desarmado que podía haber originado una catástrofe». El diseño del nuevo campo le parece «lógico». «No era cosa de hacer un macroestadio y éste es suficiente».
Por fin, llegamos al puente del ferrocarril sobre la carretera de acceso a Monte Porreiro, el rincón elegido por Quintela. Le tiene especial cariño a este proyecto suyo. La construcción del paso elevado fue muy compleja, sin interrumpir el tráfico ferroviario. «La nueva estructura con los pilares se hizo con los trenes en circulación y después, en una noche, desde las once hasta las seis de la mañana, levantamos la vía, la volvimos a montar y a los veintiséis minutos pasó el tren sin problemas». «Fue una noche de mucho miedo, pero todo salió perfecto».
Comenta orgulloso que este puente dotó a Monte Porreiro de un acceso y comunicación digna con la ciudad. «Donde antes había un funil por el que sólo cabía un coche, ahora hay un vial con cuatro carriles».
Volviendo sobre el paseo del Lérez, no le ve mucho sentido a una playa fluvial porque «se llenará de lodo enseguida». Mira hacia a A Illa de Esculturas y allí está la obra flotante de Francisco Leiro. «Hacía tiempo que no la veía». El escultor la quería más hundida a nivel de la plataforma, pero se fue a pique y Quintela tuvo que rescatarla con una grúa y ponerle unos flotadores adicionales para estabilizarla.