Nada es lo que parece

Leopoldo Centeno

PONTEVEDRA

27 jul 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

pontevedra | La compañía catalana La Cubana ha conmemorado el pasado año las bodas de plata de su creación. Cinco lustros de trabajo, jalonados por el éxito, contemplan su desenfadado quehacer. Para celebrarlo, han retomado uno de los títulos emblemáticos de su repertorio que vuelven a recrear por las ciudades y villas de la geografía española: nos referimos a Cómeme el coco, negro. Al salir a la luz estas líneas, suponemos que la compañía ya habrá terminado su gira por Galicia, invitada por Caixanova. Por ello, creemos no descubrir antes de tiempo el secreto de su montaje.

Como leemos en el programa de mano, uno de los motivos de la reposición de este espectáculo es ofrecer un homenaje a todas las compañías de teatro ambulante que permiten que el teatro llegue a todos los rincones, a la vez que hacer referencia a un género casi extinguido: el mundo de la revista, el music-hall y las varietès.

Pues bien, el espectáculo presenciado es algo atípico, con dos partes bien diferenciadas pero con nexo común. En el fondo se trata de la «revista dentro de la revista» y del «teatro dentro del teatro». Por otro lado, consideramos que para sus creadores, el espectáculo en sí comienza cuando termina la función de la revista.

Ésta es como el prólogo de la obra; de ahí que el público llegue tarde, deliberadamente. Cuando los espectadores llegan a la hora anunciada, la parte de la revista está concluyendo, está en la apoteosis final. Se indica al público que la función ha terminado. El desconcierto es grande y ahí comienza la verdadera función: el desmontaje espectacular del decorado, la recogida del amplio y colorido vestuario y de otros medios propios de la representación.

Los cansinos artistas comentan sus cosas, se critican entre sí; unos recogen el material, otros se escaquean; vuelven a cantar? terminando por involucrar a los espectadores en el tema y en vez de ser 14 artistas, resultan ser 714. El público ya está metido en la obra: ayudan a recoger el decorado, prestan sus móviles, se ponen las plumas de las varietés, etcétera; incluso hay bocadillos para todos. Un auténtico mare magnum. Ese final mencionado que es el comienzo, suena a mentira piadosa.

Leyendo las notas tomadas a vuelapluma, nos encontramos con frases cual perlas, como reflexiones: «La pequeña mentira es que nadie ha llegado a tiempo». O aquella otra: «Una mentira lo suficientemente bien vestida e inteligente, sirve para que el público participe en ella».

También anotamos, antes del gesto de nostalgia (sin concesión al sentimentalismo): «El teatro es como una droga: te engancha y no te deja». Última anotación: «Nosotros no pasamos hambre, aunque comamos bocadillos. A veces comemos caliente». De todo ello deducimos que el fundamento es crear, con verdades y mentiras, una verdad ficticia absolutamente creíble, por posible.

Con esta filosofía, lo que parecía algo trivial, en Cómeme el coco, negro hemos descubierto interioridades del teatro que, posiblemente, pasarían desapercibidas sin la oportuna reflexión. Un espectáculo inteligentemente construido por Jordi Milán y su equipo, los cuales consiguieron que el público fuese espectador y actor a la vez, que disfrutase como pocas veces y que conociese y amase algo más el teatro y sus gentes. Para volver.