DESDE MI BUTACA | O |
21 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.La ópera junto al ballet son dos de los espectáculos más completos que se pueden presenciar sobre un escenario. En la presente temporada, Caixanova ha ofrecido en Pontevedra dos representaciones operísticas y recientemente una de ballet, con uno de los títulos más emblemáticos de la cartelera: El lago de los cisnes, con música de Peter Ilich Tchaikovsky y coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov, la más significativa y cualificada de las existentes. El binomio Tchaikovsky y Petipa-Ivanov es sinónimo de calidad, máxime si a ello unimos un selecto grupo de bailarines profesionales, una importante orquesta y dirección y una buena escenografía. Esta simbiosis, esta conjunción artística, se ha producido en buena parte con el Ballet Nacional de Lituania que ha presentado a los pontevedreses una versión renovada, con magnífica escenografía y vestuario, junto a una elemental iluminación, bajo la dirección artística de Tatjana Sedunova. La parte musical fue ofrecida en grabación de la Orquesta Filarmónica de Vilnius (capital de Lituania), dirigida por el maestro Virzonis, con magníficos solos de violín y arpa. En estos casos, la música en diferido pierde mucho carácter y fuerza de transmisión. Un aceptable cuerpo de baile integrado por doce parejas que se alternaban en cisnes, cortesanos, cazadores¿ a los que se añadían seis bailarinas más en determinados pasajes (cisnes y pasos de dos, tres y cuatro). Aparte de los personajes de reparto (reina, tutor y maestro de ceremonias), figuraron dos bailarines secundarios en los roles de Rothbart y Jester, interpretados por Alexander Molodov y Valerij Fadejev, respectivamente, que cumplieron en sus cometidos. En cabecera del reparto, como protagonistas, dos artistas españoles: la guipuzcuana Alicia Amatriain en el doble papel de Odette, princesa encantada por el brujo Rothbart en un cisne blanco durante el día (aparición en los actos II y IV) y Odile, hija del brujo que toma el aspecto de Odette para seducir al príncipe, conocida como el cisne negro, con intervención en el acto III y, por otro lado, su partenaire Igor Yebra, bailarín que realizó estudios en la Escuela de Víctor Ullate de Madrid y que, en la presente ocasión, ha interpretado el papel de Príncipe Siegfried; si bien, en este ballet, la preponderancia recae en el personaje femenino. Resumiendo el comentario diremos que la interpretación del cuerpo de baile ha sido espectacular, aunque sin la precisión requerida. Los bailarines secundarios, airosos en sus roles. Los dos protagonistas dejaron buen recuerdo en el público, sin ser nada excepcionales: Igor Yebra, de elegante apostura, fue un verdadero portor, sin desmayar un músculo de su rostro, sosteniendo bien el equilibrio de su partenaire cuando la tenía en vilo, a la vez que manteniendo el propio. Alicia Amatriain, de cuerpo ligero y dúctil, esbelta en sus composiciones, de buen sentido dramático y lírico en sus personajes, no nos dejó ver ese célebre y difícil pasaje de 32 fouettés, esperada serie de 32 giros rápidos en puntas, efectuado sobre una diagonal en el escenario o en el mismo punto, como seducción de Odile (el cisne negro) al príncipe en el tercer acto del ballet. Digno de resaltar el lucido vestuario y la buena escenografía. Esta representación de El lago de los cisnes resultó un gran espectáculo.