?n la imputación de Alberto González han resultado fundamentales los testimonios de los dos individuos que aseguran haber conocido el crimen de boca del propio acusado, en la misma Villa Güimil. Sus versiones son confusas, aunque coinciden en un punto: el imputado habría reconocido que, a unos metros del lugar donde los tres se dedicaban a dar buena cuenta de unas rayas de cocaína, se hallaba el cadáver de El Guaje. Sus palabras y los comentarios de los compañeros de la víctima, que no cesaron de buscarle durante las dos semanas que su cadáver permaneció oculto entre la vegetación, permiten esbozar una hipótesis sobre lo que pudo suceder. Está claro, porque así lo aseguran sus amigos, que el fallecido se había tomado unas copas el 23 de junio, como anticipo de la fiesta de San Xoán que tendría lugar horas después. Su intención, añaden, era acudir a las hogueras de Bamio. Convenía un reposo previo, y El Guaje se dirigió a Villa Güimil, un lugar que era empleado frecuentemente para pernoctar. El tiempo pasó sin que El Guaje se despertase. Hasta que, en la profundidad de la noche, el presunto homicida se presentó en la finca con la intención de consumir cocaína. Dicen, quienes le conocen, que acostumbra a sufrir episodios «paranoicos», y especulan con la posibilidad de que perdiese de vista la sustancia psicotrópica y que culpase a su víctima de habérsela sustraído. Fuese así o no, hubiese o no un solo agresor, lo cierto es que alguien se ensañó con él hasta matarlo.