Crónica | El Ayuntamiento indulta a los patos del puerto Las mascotas de la playa dos Barcos se han librado del bando municipal contra la gripe aviar, que obliga a las aves domésticas a estar aisladas de las silvestres
24 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.El Concello de Sanxenxo anunció el pasado lunes mediante un bando las medidas municipales que vienen a reforzar las disposiciones de la Xunta para prevenir la gripe aviar. Además de poner a disposición de los vecinos un teléfono de información, la concejalía de Medio Ambiente enunció una serie de normas que debían ser respetadas por todas las aves del concello. Una de esas normas prohibía concretamente «a cría de aves ao aire libre» y obligaba a los propietarios a recluir a los animales en instalaciones cerradas. Se quiere evitar el contacto, tanto físico como a través del agua o la comida, entre las aves domésticas y las silvestres. Además, obligaba a inscribirlas en un registro. El bando hacía mención expresa a «os parrulos e gansos», que debían mantenerse aislados. No en vano, los casos de gripe aviar detectados en el norte de Europa se han registrado en cisnes. El bando ponía a los patos del puerto en el punto de mira. ¿Qué hacer con ellos? ¿Son aves domésticas o son silvestres? ¿Habría que recluirlas o por contra dejar que siguieran paseando por la playa dos barcos? ? Larga permanencia Los parrulos de la discordia llevan más de ocho año en el puerto. Nadie sabe exactamente cómo llegaron, y con el tiempo se han convertido en las mascotas del muelle, acompañando a los bañistas y los alumnos de la escuela de vela que arbolan allí sus barcos. Ante la incertidumbre, el Concello se puso en contacto con la Xunta. El organismo autonómico dictaminó que, si bien se trataba de aves de corral, no se podían considerar domésticas, ya que no tenían dueño, y que por tanto debían ser consideradas como aves salvajes. De ésta manera, los patos del puerto se salvaron de la orden municipal. En el bar Maraxe, que se asoma sobre la playa dos Barcos están contentos con la medida del Concello de dejar libres a los palmípedos. «A mi me encanta verlos ahí todos los días», responde Moncha, mientras sirve un café cortado. «Está bien que los dejen allí, llevan toda la vida en la playa», corrobora su compañero Ángel. Severo, un emigrante retornado de Venezuela acude a la playa a darles de comer cada día. «Es el que se ocupa de ellos -comentan los presentes-. Hasta les hizo esa caseta donde viven», dicen señalando a una construcción flotante con tejado rojo. Los patos de la playa, de momento, seguirán ajenos a la gripe aviar.