PLAZA PÚBLICA
21 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.QUÉ EXTRAÑO resulta oír decir a un político progresista que la opinión de unas personas cuenta, no menos que la de otras, sino más bien nada. Y más avalar esta tesis con argumentos de legalidad. ¿Era lícito luchar en la dictadura por un país democrático?: justo sí, permitido no. Esa era entonces la diferencia entre la legalidad y la ilegalidad. Es cierto que ahora no llevan a nadie a la Dirección General de Seguridad por decir aquello que no le agrada al poder, pero el desprecio por las ideas ajenas no es una buena tarjeta para nadie. No es posible que un demócrata de los pies a la cabeza apueste ahora por una aristocracia en la que sólo cuentan los manifestantes de una parte de la sociedad que, por algún motivo, él sabrá, sobresale sobre el resto. ¡Ah, que además de movilizarse por algo supuestamente ilegal, venían de fuera! Pues para la próxima se puede hacer como en Mónaco: permitir sólo la entrada a esta aristocrática ciudad a los que exhiban su empadronamiento.