En directo | Consecuencias de la movida nocturna en el casco histórico Los vecinos de la zona monumental de Pontevedra se ven obligados todos los fines de semana del año a aguantar los desmanes relacionados con la diversión juvenil
06 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.¡Tam-tam-tam-tam! Es un ritmo pegajoso y acompasado el que acompañaba ayer de madrugada a los adolescentes que se congregaban en el entorno del Campillo de Santa María. Allí, cuando las manecillas del reloj marcaba las doce y cuarto, cientos -por no decir miles- de jóvenes trasegaban -porque degustar no degustaban- alcohol a ritmo de unos incansables timbales. Primera parada. La casa de unos vecinos. A pesar de que las ventanas disponen de doble cristal, la nitidez de algunas conversaciones hace que uno se sienta como un interlocutor más. Y eso que la noche aún no ha llegado a su cénit. En algunos momentos con las palabras tornadas en gritos, a los vecinos no les salvaría ni un triple o cuádruple cristal. Como bien dice el propietario: «Cada fin de semana, nuestro descanso depende de las ganas de juerga que tienen los de ahí abajo». Su compañera, con sorna, replica: «En ocasiones, nos preguntamos si no sería mejor unirnos a la movida y olvidarnos de dormir». Drogas Dos jóvenes -no se sabe quien agarra a quien, parafraseando a Miguel Hernández- se acercan a la fachada. Sin preocuparse si son vistos o no, entre risas, evacuan parte de la bebida que minutos antes habían ingerido. Dejan al descubierto una pequeña parte de su anatomía sin importarles siquiera el frío que reina en el ambiente o el malestar que puedan causar a los residentes del edificio. ¡Tam-tam-tam-tam! Ha pasado una hora y el percusionista ahí sigue, incansable. A escasos metros de la segunda parada, un veinteañero, al que le faltan un par de dientes, ofrece a diestro y siniestro hachís y pastillas. Es el reino del botellón. Grupos de jóvenes ascienden por las escalinatas de la basílica de Santa María o acceden al Campillo por la rúa de Isabel II cargados con bolsas de plástico llenas a reventar de hielo, bebidas alcohólicas y refrescos. Tampoco parece afectarles las bajas temperaturas de ayer. En la segunda casa que se visita se repite la historia. Allí no se respira diversión y sí ruido, mucho ruido. A varios metros sobre el suelo no se pierde ripio de cómo unos adolescentes engallitados se empujan mutuamente, mientras se amenazan a gritos. La cosa, como era previsible -ya se sabe eso de perro mordedor, poco...-, no pasa a mayores y cada cual sigue su rumbo. Y erre que erre, el ¡tam-tam-tam-tam! es la pesadilla de la noche. Pero los jóvenes no tienen toda la culpa de los desmanes de la movida y del malestar de los resistentes de la zona monumental. Muchos hosteleros son participes de esta situación. Dos de la madrugada. Calle Charino. El inaguantable tam-tam es sustituido por las canciones de moda. A medida que se avanza por la calle, el temilla de turno va cambiando. Por momentos se produce un instante de conjunciones cósmicas en el que la cancioncilla que atruena en un local se conjunga perfectamente con la que emana del siguiente. Aquí no parece haber espacio para insonoraciones o respeto de normativas medioambientales. ¿Ruido? Chorradas, deben pensar muchos empresarios con los ojos marcados por el color del dinero. Campillo y Charino son dos puntos concretos de la zona monumental, pero no son los únicos donde los vecinos son víctimas de la juerga nocturna del fin de semana. Ahí están, a modo de apunte, la plaza del Teucro. las rúas San Xulián o Cousiño o la calle Cobián Roffignac, donde la aglomeración de personas puede llegar a colapsar la carretera.