El mar redujo al mínimo la actividad en los muelles, mientras en las playas la pregunta no era dónde, sino cuándo entrará la verdadera marea negra
14 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Un funcionario de la Diputación enfundado en tela blanca y negro fuel pasea en círculos sobre la explanada del puerto de Portonovo que desde días atrás oficia de centro de operaciones de la flota de la margen norte de la ría de Pontevedra. Unos metros antes, en el improvisado comedor, charlan algunas mujeres y hombres del mar. Más allá, en la nave que guarda los aparejos (fundas y palas), la conversación está más concurrida, unas ocho personas, pero tampoco hay actividad. Decenas de contenedores, vacíos y manchados, deslucen apilados sin orden, a pocos metros de un sinfín de herramientas. ¿Mal día? «Hoy mandé a descansar a todos los marineros». José Antonio Gómez, el patrón mayor, tomó la decisión a primera hora. Algunos barcos salieron, poco tiempo. El oleaje canceló casi todo el trabajo, en el mar y en el puerto. Eran las dos de la tarde y el funcionario recordaba que la amenaza de la gran mancha había traído más gente que nunca a las instalaciones portuarias. Él llegó a las ocho, cuando los muelles estaban ya colapsados. Luego se quedaron casi vacíos, pero sin gente en el mar. Al menos no tendría que ver aquella imagen de los marineros regresando exhaustos y desmoralizados, como otros mediodías anteriores. Al menos ayer no se le encogería el estómago. En el puerto de Combarro, a eso de las once y media, se veía algún vehículo estacionado. Desde la carretera general, no obstante, ya se podía deducir que la única vida se reducía a un grupo de muchachos que jugaban al fútbol en el espacioso aparcamiento. Bueu tampoco se libró de la frustración ni Marín, como el equipo formado por arrastreros y mejilloneros que pretendía dar la batalla en alta mar. Fue un día semiaciago en los puertos, dedicado a la limpieza de aparejos y contenedores, al margen del despliegue de una red en Bueu. Por no salir, ni siquiera pudieron acudir a ayudar en Ons. Allí, unos doscientos voluntarios, entre ecologistas, como los de Defensa da Ría, bomberos de Marín, o personal de Tragsa y Medio Ambiente, se hacían a la idea a media tarde de que tendrían que pasar una noche más de las previstas sin pisar el continente. En Bueu, al mismo tiempo, policías locales madrileños posponían hasta hoy la operación de relevo de sus colegas bomberos. Sí hubo actividad en las playas, por el goteo de galletas, ayer, de tamaño mínimo. «Hoxe nada. Confiemos...». Raxó, cuya arena aún evidenciaba el paso de los rastrillos de limpieza, se libró ayer. Ya en Sanxenxo, en Areas, voluntarios de Poio escudriñaban la playa y recogían restos de fuel. «O que non entendo é cómo chegou ata aquí e non tocou Silgar, que está aí enfronte». Habla el alcalde de Poio, Luciano Sobral, que dirige desde la orilla el despliegue acompañado por efectivos de Protección Civil. Unos trabajan, otros, sin dejar el tajo, comentan con su regidor. «¡Que cousas!». Alguien recuerda que a Silgar hace tiempo que ya no llega ni arena, que el espigón que cambió su fisonomía igual la libra de la marea negra. Sobral sigue a lo suyo y se acuerda de que tiene que hablar con su homólogo vecino, Telmo Martín. «A ver como van por aí as cousas». El litoral de Sanxenxo siguió ayer salpicado de fundas blancas. En Baltar las hubo al amanecer. En Major, Montalvo o A Lanzada, sin descanso. El aparcamiento de la playa más amplia y emblemática del extremo norte de la ría mostraba un incesante ajetreo. Camiones militares se colocaban en paralelo formando una vistosa hilera, abriendo la explanada de turismos de lejanas y cercanas matrículas. A lo largo de toda la orilla, como desde el jueves, una largísima fila de solidaridad se extendía bajo un fuerte chaparrón. Capachos con más arena que fuel iban y venían, mientras el mar se empeñaba en reponer las galletas que los voluntarios recogían. De regreso, la radio del coche escupía pausadamente las disculpas y la relación de programas de revitalización económica que José María Aznar lanzó desde A Coruña. En playas y puertos, en toda la mañana, ni una sola voz se había referido a la comparencia presidencial. Allí, la gran pregunta no era dónde, sino cuándo entraría la gran mancha; era como si Aznar siguiera a miles de kilómetros de las galletas. Al caer la noche, un voluntario contó que todo seguía igual en A Lanzada, salvo que los solidarios iban abandonando semidesfallecidos el lugar. Las malas noticias venían desde la otra orilla. La playa de Portocelo había sido mínimamente alcanzada. Protección Civil de Marín empezaba una triste batida por sus arenales.