De fiesta en el jardín de los bebedores

La Voz

PONTEVEDRA

MARTIÑO SUÁREZ CRÓNICA

16 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

n chaval de unos veinte años razona, arrastrando la lengua y amarrado firmemente a una botella de vodka Eristoff, de la siguiente manera: «Yo he visto muchas veces a tipos de treinta meando en medio de la calle y pegando golpes a los coches frente a Carabás. Pero nos culpan a nosotros. ¿Y sabes por qué? Porque llevamos el pelo largo y los pantacas ajustados». O Campillo es el Edén de los botelleros. Sobre el damero que se ha construido en uno de los jardines, un grupo de chicas introduce a una joven francesa en los secretos del bebercio. Entre todas intentan traducir las palabras de un estudiante de Forestales con evidente voluntad de caza: «Esto vai por rachas», explica, «a veces fago botellón na casa, e outras tírome catro meses case vivindo aquí». La francesa, que no parece haber entendido demasiado, bebe a morro un buen trago de vermú. Y es que a ellas parece tirarles más lo dulce, el clásico Martini mezclado con refresco de limón en grandes botellas de plástico con capacidad para dos litros, o incluso los licores exóticos. Ellos, sin embargo, se entregan a los whiskys de procedencia dudosa y marca impronunciable. Aunque la distinción no es tan clara: en los grupos las garrafas se intercambian, y al final todos acaban bebiendo un poco de todo. Los hay también que se arriesgan con combinaciones inverosímiles, como el champán con zumo de naranja. Aperitivos y papel de fumar Cuando se acaban las existencias, no queda más remedio que acudir a los bares de la zona, en los que se venden desde aperitivos salados a papelillos de fumar. «No nos queda calimocho, vete al de al lado», espeta con una mueca de desprecio el dependiente de uno de ellos a una chica con el pelo rojo. Como en el libro de Baudelaire, en el exterior se imponen el vino y el hachís. El Purgatorio queda en la paralela rúa de Tristán de Montenegro. Allí, tres amigos intentan reanimar a un joven desencajado como una marioneta. «Llevadme a casa», balbucea, mientras escarba con sus playeras en un charco de vómitos. Luego se corrige: «No me lleveis, no me lleveis». Es uno de los primeros en caer. En O Campillo, algunos van por el mismo camino. «Me mareo», advierte una muchacha menuda a uno de sus acompañantes. «¿Ya?», se burla él. Otro de los botelleros carga contra la criminalización que se está llevando a cabo contra una práctica que, con sus variaciones, es tan antigua como la humanidad: «¿Somos delincuentes? ¡No Pelete sácannos nas fotos e din `que chavales máis graciosos''», brama, mientras se aleja como un espectro y se pierde en el jardín de los botelleros.