CRÓNICA
13 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Un hombre muy rubio abre tímidamente la puerta del edificio principal de la base que hay en O Campiño. Es uno de los tres pilotos polacos que trabajan en esta instalación para la extinción de incendios. «Pasen al fondo, por favor», dice, con acento del este europeo, mientras señala hacia la sala en la que sus compañeros de cuadrilla conversan, con aire aburrido, alrededor de una mesa. Por la ventana se puede ver cómo arrecia la lluvia, y cómo la niebla envuelve la caseta del encargado. Hoy no habrá trabajo, y quizá se marchen antes a casa: será una compensación por las largas jornadas que pasarán arriesgando la vida en septiembre, entre cenizas y ramas ardiendo, cuando entren en lo que llaman la quincena fatídica. «Home, hai poucos días coma este, e mellor estase facendo algo, pendente de algo, pero a cousa é así», explica uno de los miembros de la cuadrilla con su casco amarillo colgando del brazo. Su última salida aún está reciente: el jueves tuvieron que ir a Ponteareas para ayudar a extinguir un pequeño fuego. Si el día estuviese claro y no hubiese incendios, tampoco estarían parados; harían prácticas y se dedicarían al mantenimiento del entorno, en el que hay hasta un campo de fútbol. Un poco más abajo, al lado de la carretera, alguien ha pintado consignas independentistas sobre un enorme peñasco. Aparatos soviéticos «Desde aquí se ve Pontevedra y toda la ría, pero hoy...», dice, sonriente, José Gea, el encargado de la base. A Gea se le nota apasionado por los aparatos voladores. Habla de ellos casi con cariño, mientras muestra las fotos de un catálogo de helicópteros postsoviéticos como el que ahora está detenido en lo alto del coto en el que han instalado la base de O Campiño. «Estos Sokol tienen una potencia impresionante, y son más robustos que los Bell americanos, parecidos a los que usaban en la guerra de Vietnam», explica. «Tenemos tres pilotos y un mecánico polacos; los aparatos los traen ellos», dice. En la pared tiene colgada una foto de un enorme helicóptero de carga ruso: «Lo teníamos, pero lo han prohibido. Era tan potente que, al aterrizar, arrancaba las viñas». Todo está tranquilo, pero nada parado, porque en cualquier momento puede llegar una llamada de incendio. Las emisoras de radio siguen parpadeando, en alerta, al son del televisor, que muestra imágenes de animales en el bosque. «Aún no nos han mandado previsiones precisas para el verano, pero este se parece mucho al del año pasado», explica Gea. «Si agosto viene seco, tendremos los quince días fatídicos de siempre a principios de septiembre, e incluso en octubre», aventura. «Un día de sol venís, y ya veréis qué diferente es todo», afirma. Reflexivo, José Gea mira un mapa de coordenadas y dice: «Sí, es curioso, si el tiempo sigue así, mejor para nosotros y para el monte». Sin embargo, sospecha, la situación no durará.