El infierno, en Pontevedra

La Voz

PONTEVEDRA

XOÁN CARLOS GIL

PRAZA DA FERRERÍA

21 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

«SER DEL ATLETI ES COMO SER SALESIANO. `¿Cree usted en Dios?'': `sí''. ¿Y por qué?: `por dogma de fe''». Juan Carlos, vigués, define así, como el resto de sus compañeros de padecimiento, lo que es ser hincha del Atlético de Madrid. «Lo soy hasta la muerte», remacha Carlos, pontevedrés. Los dos, y otros veinte rojiblancos, orgullosos de su fidelidad a un equipo que no les dará grandes éxitos, se reunieron el miércoles en un bar de la rúa dos Soportais, en Pontevedra, para ver el partido de Copa con el Zaragoza. El Atleti perdió, y cumplió, como algunos de sus aficionados, los tópicos que se le achacan. EL FRENTE NO ENTRA. Carlos es la conexión con el Frente Atlético, la peña más radical. El móvil que lleva en la mano suena constantemente. Su hermano está viendo el partido en el Calderón. «El Frente no entra», anuncia, antes del partido. «Es una represalia por lo del domingo», apunta, «fíjate cómo está el campo de vacío». ¿De quién es la culpa de que el equipo no haya ascendido? «De todos. Había que matarlos, a Jesús Gil y a los jugadores». «Bueno, hay que perdonar a Kiko», tercia un compañero. «Sí, perdonado, pero que se largue ya», dice Carlos. Empieza el partido, y con él el jolgorio. El ambiente, oscuro, huele a humo de farias. El hijo de Juan Carlos saca de una bolsa un radiocassette, e inserta un disco compacto de museo kisch, con la forma pentagonal del escudo del equipo. Desde entonces suena, en un bucle, el himno del Atleti, interpretado con la calidez vocal de Bertín Osborne. Se canta a voz de cuello -«ya me voy al Manzanares...»-, y se agitan bufandas y gorras. Un par de ellos, sin disimulo, entonan la canción brazo en alto, con la palma extendida, en saludo romano. En la plaza de Curros Enríquez, a la sombra del busto del fusilado Alexandre Bóveda, unas señoras que toman café se preguntan qué pasa. ALGUIEN SACA PETARDOS. El domingo, cuando se confirmó que el Atlético seguía en Segunda, «éramos cien en este sitio», explica Juan Carlos, con su acento porteño. «Oye, si tirais la traca a la calle mirad antes por la ventana, no como el otro día», pide uno. En la televisión se ve, de repente, en medio de una humareda, la entrada del Frente Atlético, lanzando bengalas y pelotas de plástico al campo. El juego se para. «¡Ahí están!», saluda el sector frentista del bar. Los más gilistas tuercen el gesto. Cada vez que Gil sale en pantalla, un coro le regala de todo menos palabras de ánimo. El equipo se desconcentra, el ambiente se caldea. Es hora de marcharse. A partir de aquí, todo irá a peor.