El poblado de Poio y la localidad boliviana son mercados paralelos en la venta de cocaína A primera vista podría ser como «Historia de dos ciudades», dos vidas paralelas, dos gemelas siamesas unidas por el mismo cordón umbilical que las alimenta y envenena: la droga. Una la produce y la otra la distribuye. Por esta fraternidad comparten también la misma herencia genética fruto de unas relaciones desnaturalizadas: chabolismo, delincuencia, analfabetismo. Una es la hermana mala y la otra..., digamos que es rebelde «porque el mundo la ha hecho así». Juntas son un tándem terrible, un problema enquistado socialmente y que no tiene visos de solución a corto plazo. Difícil es de esgrimir el bisturí que las separe.
18 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.En el poblado de O Vao, considerado el mayor centro de distribución de estupefacientes de Galicia, viven más de 600 personas hacinadas en 90 chabolas. Desde las instituciones se anunciaron proyectos para acabar con este foco de delincuencia, pero hasta ahora los frutos han sido estériles. El primer intento de derribo de chabolas y la reubicación de las familias se encontró con la enconada oposición de sus propietarios, por lo que incluso tuvieron que aparecer los GRS. La venta de droga no disminuye pese a la vigilancia policial, ni a los periódicos registros que se practican en el poblado. Uno de sus moradores afirmaba hace unos meses que «se vende droga porque no podemos hacer otra cosa para sobrevivir, el león es según como lo pinten». Y la verdad es que ese «león» va a acabar devorando cuanto encuentre a su paso. Como muestra destacar el notable aumento de menores sin escolarizar. Como había afirmado la Federación de Vecinos Castelao, «para ellos la vida es mucho más atractiva trapicheando que acudiendo a la escuela». Cada día cientos de «clientes» cruzan la orilla del Lérez peregrinando al templo de la droga gastándose entre cinco y diez mil pesetas en unos pocos «tiritos». Si le siguiésemos la pista a una de estas papelinas nos llevaría a unos cuantos miles de kilómetros de O Vao, concretamente a Cochabamba (Bolivia). Aquí, en la zona del Chapare se encuentra el mayor centro de producción mundial de cocaína. Los problemas que se derivan de la necesidad de buscar salidas al problema de la droga, son análogos a los de O Vao, pero a escala mayor. En este último año, obligado por la presión estadounidense, el gobierno de Bolivia emprendió una campaña de erradicación de plantaciones. Pero el problema es complejo, pues más de 20.000 familias dependen directamente del cultivo de la coca. Aunque se pretenden introducir cultivos alternativos esta medida no prospera debido a la elevada corrupción de la clase política. Recientemente, Estados Unidos destinó una partida de 480 millones de dólares como ayuda a la erradicación. Sólo 19 millones llegaron a los campesinos, el resto se perdió por el camino. Esto ha hecho brotar el germen de la violencia y los enfrentamientos armados entre los campesinos y el ejército estan a la orden del día. La cuestión es clara: acabar con la coca, pero ¿qué hacer con los que la cultivan?. Y es que no son los agricultores los que se llevan el principal beneficio. En el Chapare un kilo de hojas de coca cuesta 700 pesetas. De él se puede extraer hasta un gramo de cocaína pura que en O Vao se puede vende por 12.000 pesetas. En el otro extremo nos topamos con un elemento de gran arraigo popular y es que ésta es considerada como una planta sagrada desde tiempos de los incas. Mascar hojas de coca es algo habitual en este país. El año pasado el kilo de hojas costaba dos bolivianos (60 pesetas) hoy el precio es superior a 24. Así ocurre que muchos no pueden permitirse mascar habitualmente. Por eso si en Cochabamba sacas una bolsita con hojas ocurre como en el anuncio de Donetes, «te salen amigos por todas partes».