No acabo de entender qué les pasa a algunos ourensanos que ocupan sitio en los salones de plenos de esta provincia. Están ahí porque han sido elegidos por sus vecinos para, se supone, representarlos. ¿En serio creen que representan a alguno de ellos cuando se comportan como niños caprichosos y malcriados en cuestiones que son puro sentido común? Lo ocurrido en el pleno de Verín -no fueron capaces de lograr la unanimidad en la condena a los incendiarios, solidaridad con los afectados y petición de repoblaciones- es un ejemplo de la sinrazón a la que pueden llegar algunos. Uno más, pero ni mucho menos el único. Recuerden lo ocurrido en la capital ourensana en las últimas semanas. Ejemplos de ese endiosamiento hay en muchos salones de plenos. Porque es endiosamiento lo que sufren estos vecinos que olvidan que lo son tras vestir el manto político. Dejan de ser el hijo de Manola y Pepe y, en lugar de sentir la responsabilidad de decidir sobre cuestiones que van a afectar a quienes jugaron, estudiaron y viven a su lado, se sienten sostén imprescindible de unas siglas. Creen, supongo, que el partido político que les colocó en la lista puede quebrar en mil pedazos y derrumbarse si ellos votan igual que «el contrario», o si apoyan «al rival» en alguna iniciativa, por muy sensata que esta sea. ¿Se imaginan que sucedería si aplicásemos esa misma lógica a nuestra vida diaria? El mecánico que vota al PP se negaría a ajustar la tuerca colocada por otro del PSOE, la camarera echaría sal en el café de quien no piense como ella y nunca se encendería la calefacción del edificio para fastidiar los que «no son de los nuestros». De locos.