Estas areneras y laguna de Sandiás, de donde desde hace décadas se extrae arena, forman parte de un paisaje muy ligado a mis recuerdos. Desde pequeño las he visitado con frecuencia, especialmente para la observación de aves, aprendiendo a reconocer sus cambios de luz y de estaciones. Es un lugar que conozco bien y que siempre me ha transmitido una sensación especial de calma y conexión con la naturaleza. En esta ocasión el motivo de la visita fue muy distinto. La llegada de la borrasca Ingrid transformó por completo el paisaje, cubriéndolo todo con un manto blanco inesperado. Los grandes cúmulos de arena, habitualmente de tonos ocres y terrosos, aparecían cubiertos de nieve, adoptando formas suaves y brillantes. Nunca antes había visto las areneras en estas condiciones. La nieve les daba un aspecto totalmente nuevo, creando una atmósfera que evocaba paisajes lejanos y fríos, más propios de regiones siberianas. Caminar entre ellas era como estar dentro de una postal invernal.