E
n qué recóndito pliegue de la corteza cerebral anidarán las neuronas capaces de desencadenar una cascada de reacciones que finalmente inducirán a las aves migradoras a lanzarse a un incierto vuelo de miles de kilómetros hacia lugares desconocidos, o a los hombres a obstinarse en quimeras incólumes a los fracasos? ¿Qué misterio se esconde bajo el kantiano imperativo categórico que interpela nuestra ética y nos impele a desarrollar determinadas acciones por encima de las dificultades objetivas? Más aun, ¿de dónde nace la templanza y el aplomo necesarios para refrenar algunas pulsiones de apariencia incontenible a lo largo de períodos que se antojan interminables, incluso durante seis meses? ¿En virtud de qué mecanismo de sublimación hemos resuelto la dialexis epicureísmo-abstinencia a favor de la privación, de la ausencia descarnada?
El hermetismo de la mente humana encierra tal cúmulo de incógnitas que sigue siendo para nosotros mismos el más prodigioso de los misterios. (Cuánto trabajo por delante le queda al bueno de Eduardo Punset, que por fortuna es un hombre sosegado). Porque, vamos a ver, ¿cómo, si no aceptando esta limitación en nuestro conocimiento, podemos aceptar que miles de convecinos adultos de apariencia absolutamente normal, incluso de trato cordial y amable, llegado un momento dejen mujer e hijos y abandonen el hogar en el luscofusco del alba para adentrarse en espacios naturales cuya belleza de filigrana los va a someter a un constante riesgo de caer en la fatalidad del síndrome de Stendhal? Inexplicable a la luz de la razón. Pues, pese a todo, el sortilegio se obra meticulosamente cada primavera de manera inexorable. Una llamada interior irrefrenable catapulta como venturosos autómatas a millares de personas, caña en ristre como lanza en astillero, a tentar las truchas en ríos y regatos. Hoy comienza una nueva temporada truchera después de un eterno medio año de veda (los seis meses más parsimoniosos del año). Feliz pescata.