El sábado, el concello de Porqueira sufrió una gamberrada demencial. Los gamberros quemaron el coche motobomba, rompieron cuantos cristales pudieron del conjunto integrado por el garaje municipal, el tanatorio y el centro de día, y, en fin, destrozaron los baños y vestuarios del campo de fútbol. Ocasionaron, en suma, una auténtica catástrofe pública, clasificable en el delito de daños y aplicable a la vida de todo un pueblo. El diccionario de la lengua, a través de la definición encadenada de diversas voces, llama gamberro al libertino disoluto que comete actos de grosería o incivilidad, con desenfreno en las obras o en las palabras y sin decoro ni urbanidad. Y el Diccionario de Sinónimos aplica, entre otros, al gamberro los sinónimos de licencioso, maleducado, sinvergüenza, chulo y desvergonzado, mientras aplica al vándalo los de bandido, bárbaro, desalmado y salvaje. Pero se queda corto cuando el gamberro pasa al delito. Entonces, el adjetivo que le retrata es el de delincuente.