Para medir la despoblación y el abandono del rural de Ourense no hacen falta estadísticas ni informes. Se pueden testar de un solo vistazo por ejemplo en cualquier fiesta de pueblo. Al menos en el mío. Ahora los niños son casi un excentricidad. Un lujo, en realidad.
Hay que hacer un esfuerzo para reunir una pandilla y que nuestros hijos disfruten de las aventuras sin las que la infancia no sería infancia. Esos recuerdos sí que son patrimonio inmaterial. La procesión de la virgen de los Remedios y la subasta para meter la imagen en la iglesia. La misa, bien guapos y bien peinados, contando los minutos para poder salir al bar de la comisión y pedir un refresco, cuando los refrescos eran solo para los días especiales. Tus padres tomándose un vermú. La carrera a casa para cambiarnos y ponernos ropa de trote. Las comidas con mucha gente, con toda la gente. La mesa de los niños, que siempre fue la mejor mesa. Los postres y los helados. Más refrescos. Y después, saturados, agua de la fuente. Los intentos de subir al palco de la música —un palco de la música de ladrillo y cemento, que el resto del año no se usaba más que para jugar—. La orquesta montando, nosotros flipados con los instrumentos y con el «un, dos, tres probando». La vergüenza cuando los mayores bailaban agarrados. Las carreras para encontrar antes que los demás las varas de los foguetes. Poder desaparecer por el pueblo, sin padres vigilando. Responder a los de «e ti de quen vés sendo». Los ruegos para que nos dejaran dormir a todas las primas juntas: porfa, porfa, porfa. La fiesta.
A mí, que soy una nostálgica, me encanta ver que mis hijas recorren los mismos caminos que recorrimos nosotros. Aunque ahora las cosas no parezcan exactamente iguales, en el fondo sí lo son. La misa, el vestido, el refresco, la mesa de los niños, correr de noche por el pueblo. No es ninguna frivolidad. Se lo debemos a quienes siguen queriendo que el pueblo se llene de niños. A los que no les importa meterse en la comisión, contratar la orquesta, localizar una pulpeira, montar el bar, poner mesa para treinta y cocinar para el doble. Ahora que ya no quedan casi niños —por no quedar, no queda ni palco— menos mal que nos quedan ellos. Ellos son la fiesta.