Cara a cara con Samaín

Cándida Andaluz redac.ourense@lavoz.es

OURENSE CIUDAD

Había que esperar a la oscuridad, pero había que estar bien preparados. Durante el jueves y el día de ayer los niños de la capital ourensana, -bien en sus colegios o bien en la praza da Imprenta de la mano del Concello de Ourense- se prepararon a conciencia para estar armados una vez llegado el momento. Vaciaron calabazas y les dieron forma (cada una la suya, aunque bastante parecidas). La transformaron en caras aterradoras en introdujeron en sus cabezas velas. Además se armaron de instrumentos musicales. De esos que hacen mucho ruido. Y confeccionaron otros con sus propias manos (lo importante era ensordecer a los paseantes) mientras para paliar el frío saboreaban unas dulces chulas realizadas por sus madres o personas de la organización. Todo esto para esperar la hora «h». O lo que es lo mismo: la gran procesión de los fantasmas.

A las siete de la tarde las luces del casco viejo se apagaron. Las velas de las calabazas se encendieron y comenzó una procesión de ánimas por la parte antigua de la capital y sus calles estrechas en un lento caminar desde la praza da Imprenta hasta la de Ferro. Allí comenzó la gran fiesta. Niños vestidos de fantasmas y brujas con sus propias calabazas no dejaban de jugar, saltar, cantar, tocar y asustar a todo aquel que saliera a su encuentro. Mientras, la música a base de percusión de los componentes de Gomes Mouro amenizaban el encuentro de todos los niños, de sus padres y de la docena de curiosos que se acercaron hasta la praza do Ferro para formar parte de la fiesta. La noche empezó con sonrisas pero seguramente acabó con más de un gran susto.