Alfonso Villagómez, un juez ejemplar


Un gran sentimiento de tristeza nos embargó a los que le conocíamos al recibir la noticia. Ha fallecido Alfonso Villagómez Rodil, el juez sabio, el juez sensato, el juez culto, el juez al que a todos nos gustaría parecernos.

Le conocí en los años setenta, cuando él era un respetado juez de Santiago, reconocido como demócrata militante, progresista, ilustrado y excelente jurista. Y yo un joven juez de O Carballiño, que le escuchaba, arrobado, cuando nos reuníamos mensualmente para hablar de democracia y justicia. Éramos poco más de una docena los miembros de Justicia Democrática en Galicia, un movimiento que en los últimos estertores de la dictadura luchaba por un nuevo modelo de Justicia, comprometida con la realidad social y con el respeto de los derechos fundamentales. Allí estaban Claudio Movilla, Rafael García de Prado, Daniel García Ramos, Juan José Reigosa, Jesús Fernández Entralgo y otros compañeros, profundizando en el análisis de la legalidad vigente hasta encontrar una interpretación razonada y razonable que la dotara de un contenido mínimamente garantista. En estas reuniones Alfonso brillaba con luz propia. Siempre sensato, moderado, ocurrente y con su peculiar sentido sardónico, y muy gallego, del humor. Aportando propuestas y soluciones inteligentes a cualquier problema jurídico que se plantease.

Después vino su época madrileña. Recuerdo especialmente que fue presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, ya en los años ochenta, poniendo de manifiesto otro de los rasgos más caracterizados de su personalidad, su compromiso y su valentía. Porque entonces nos encontrábamos en los llamados «años de plomo» del terrorismo, y en ese puesto te jugabas la vida cada día.

Finalmente su maestría fue reconocida con su incorporación a la Sala Primera del Tribunal Supremo, la más difícil, la Sala de lo Civil. Es curioso el número de magistrados gallegos que alcanzan esa sala, y yo me lo explico porque quien ha ejercido como juez en un partido rural gallego adquiere una preparación en Derecho Civil que no puede otorgar el mejor máster. Y Alfonso había ejercido nada menos que en Pobra de Trives, Quiroga y Verín.

Sus aportaciones en la Sala Civil del Tribunal Supremo están en los libros de jurisprudencia, y no las puedo glosar porque harían interminable esta semblanza. Prefiero referirme a sus múltiples facetas, su compromiso con la cultura gallega, su magisterio como profesor universitario en su época compostelana, sus libros de poemas (El ruido de las nueces), o de relatos (La rama partida del tejo), así como sus obras en gallego (Con as rosas ao peito) y sus aportaciones al estudio de nuestro Derecho foral.

Alfonso Villagómez formó parte de la Comisión General de Codificación y del Seminario de Estudios Gallegos. En el 2005 recibió el prestigioso Premio Montero Ríos, que le fue entregado en una solemne ceremonia en el Senado, a la que tuve el honor de asistir como Fiscal General del Estado. Pero creo que el mejor premio de Alfonso, y el que el más valoraba, era su familia. Y entre sus hijos tuvo la oportunidad de ejercer su magisterio, especialmente con Alfonso Villagómez Cebrián que sigue esforzadamente como magistrado la prestigiosa senda que le marco su padre.

Por Cándido Conde-Pumpido Tourón, Magistrado del Tribunal Constitucional Magistrado del Tribunal Constitucional

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