Yo, médico

JUAN J. MORALEJO

CORTEGADA

14 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EL 31 DE MARZO me acosté filólogo, el 1 de abril me desperté médico y nada menos que presidente del Colegio de Médicos en metamorfosis e irresistible ascensión que le dan sopas con honda a las de Gregorio Samsa y Arturo Ui. Las debo y agradezco a una gacetilla de la ciudad en la que no soy forastero, pero tampoco tan de la casa y confianzudo como para llegar y destronar a mi querido y veterano amigo Miguel Carrero, y encima desagradeciéndole el favor de haberme invitado a presentar un hermoso y urgente léxico anatómico español y gallego con el montón de palabros griegos y latinos que los médicos acostumbran. Yo soy filólogo, desde luego en la línea de lo que philólogos significó en origen: soy amigo de la cháchara. Pero también tengo mis pujos de la Filología que iniciaron los Aristarcos y los Dídimos entrando a saco en Homero para fijar, entender y transmitir su belleza, la Filología que Quevedo definió muy bien con lo de escuchar con los ojos a los muertos. Pero todas mis filologías, todo mi arsenal de hápax, escolios, hexámetros, atétesis y demás «pataca minuta», ¿qué son y en qué se quedan en comparanza con que te hagan médico y presidente del hipocrático cotarro? La verdad es que la metamorfosis en médico me coge bien equipado en pompas polisílabas de esternocleidomastoideo, electroencefalograma, esplenomegalia, colecistitis y cosas todavía más graves que no sabré curar, pero que les hago una etimología que las dejo quietas paradas. Y mi ascenso de paciente a doctor tiene su punto de premio merecido por mi presencia crónica en los escalones pacientes y con un comportamiento ejemplar, pues para no disgustar al batallón de mis amigos médicos y médicos amigos he procurado no ponerme grave en ningún momento. Y todos me animan a seguir en esa línea y todos celebran que les diga que me siento bien, todos excepto un purista que se la coge con papel de fumar y me puntualiza «subjetivamente bien» y le retruco que, de estar objetivamente bien, ni lo hubiese conocido. Mi ascenso a médico no es novedad absoluta, pues por ser contertulio de médicos hay quienes me tienen por tal y me llaman doctor y me tratan como se trata a un doctor y yo me dejo tratar porque soy doctor. Uno de los que así me trataban se llevó un desengaño brutal, no volvió a llamarme doctor cuando le hice ver que la llamada de Urgencias no podía ser para mí y hoy me trata correctamente, pero sin las monerías de antes. Otros hay que me tratan de doctor y yo les dejo que lo hagan en tanto no me vengan con que tienen piedras en la vesícula, que tal fue el caso de Xan dos Porcos, un jubilado que paseaba su vaca por las cunetas de Cortegada y al que mi padre, otro filólogo por partida doble, daba mucha conversación. Y un mal día para aquella amistad Xan pidió a mi padre opinión sobre su vesícula, pero mi padre no estaba por el intrusismo y Xan no sólo se desilusionó mogollón, sino que se guardó lo de doctor para gente de más empaque y eficacia social.