Eva y sus pechos

| JUAN J. MORALEJO |

CORTEGADA

LE REGALÉ a mis retinas el enésimo recorrido Ullán abajo, para recuncar en la belleza que nunca cansa. Torres de Oeste, que en la Corografía de Mela, hace veinte siglos, eran de Augusto y parece que Augusto acabó convertido en un tal Honesto y sus Torres en uno de tantos teatros de la Tragicomedia de Gelmírez y Doña Urraca. Pero nunca fueron del Oeste, aunque estén obligadas a estar al oeste de alguien. Y Cortegada, que en Plinio se estrenó como Corticata tal vez porque eran carballos o sobreiros los que hoy son rumorosos. Cortegada en la pleamar farda de ser isla-isla y la pleamar me deja ver unas cacho lubinas por el muelle de Carril que muy a gusto pescaría al curricán, aunque servidor tenga el antojo de reservar el verbo pescar para lo que se hace en el río con truchas, reos y salmones, y lo del mar y otras especies no pasa de coger peces, cosa digna e interesante, pero dentro de un orden y una jerarquía¿ La paseata por el muelle de Carril me convence de que no andaba descaminado el entusiasmo de un clérigo que hace ciento y pico años argumentaba que Homero había estado en Galicia porque las puestas de sol que describe solamente las hay en Galicia y su mar¿ ¡Toma Ibarreche! En todo caso, si Homero no paseó por Carril al sol del solpor, él se lo perdió. Nadie es perfecto. Y en Carril me entró un macabeo del nueve largo contra el descarrilado mental que en el crucero ante la iglesia de Santiago (Matamoros ¡vaya por Dios!) osó pintarrajearle los pechos a nuestra madre Eva, aunque estoy seguro de que el Necio en su necedad no pasó de «pintar en las tetas de una tía», en riguroso empate cultural con el sheriff tejano que acaba de dictaminar que Eva no puede dar escándalo con los pechos de cuya plenitud hemos mamado todos. Al ver el estropicio le dediqué un recuerdo a Hannah Arendt en lo de que mal tienen que andar las cosas entre gentes que le han perdido el respeto al Dios Padre y a la Tierra Madre. Y otro recuerdo a Blanco Amor y su hermoso plan de que a los autores de pintadas en monumentos y ámbitos artísticos se les froten los fuciños en la pintada hasta borrarla y aprendan a no repetirla. El mismo método con que dicen que los gatos aprenden a no mear fueran del tiesto. Espléndido crucero el de Carril, con Adán y Eva de bulto, queriendo cubrir su desnudez pecadora. Pero lo mejor es el metro y pico de serpiente que por la espalda los tienta con una bocaza que da envidia al mejor culebrón de mazapán navideño. Es fácil imaginar el programa de vida loca full-time que de tales fauces se proyectó a los tímpanos de Eva y queda requeteclaro que lo de morder la manzana es eufemismo y cuento para niños. Es culebra, seguro, porque están Adán y Eva, pero también podría ser lamprea rampante en magnífico pedrón o marcador de que ahí empieza su remonte ese bicho negro y repulsivo y que debe de estar ya en faena. Y digo lo de bicho negro y repulsivo para ver si así tocamos a más los que no nos andamos con remilgos y repulgos ópticos.