El virus que nos inoculó el gen de la puntualidad

Aquí siempre se queda entre y cuarto e y media, o entre y media y menos cuarto


Vilagarcía / La Voz

Hay un tipo, un buen tipo, un gran tipo, que tiene un defecto que ha estado a punto de sacarme de quicio alguna vez. A mí y a Antón, que le debe ir en los genes ese nerviosismo por no estar a la hora debida en el lugar adecuado. El tipo, el buen tipo, el gran tipo es impuntual por naturaleza. No, mentira. Tachen de lo por naturaleza. Es impuntual porque sí, porque le gusta, porque le peta y porque le da la gana. Como si fuera un poeta de Celanova. Nada raro en un país en el que es muy raro que alguien quede contigo a una hora concreta. Aunque lo suyo es impuntualidad profesional. Pero es verdad que aquí siempre se queda en un abanico. Siempre es entre y cuarto e y media, o entre y media y menos cuarto y así hasta el infinito y más allá. El de mi amigo el tipo, el buen tipo, el gran tipo es un caso exagerado dentro de un vicio muy ibérico. Dependiendo del trabajo que tengas lo notas más o menos. En el nuestro, por ejemplo, hay políticos que son auténticos profesionales de la impuntualidad, para mosqueo de los fotógrafos, que andan siempre, o casi siempre, a lume de carozo. Había uno en especial que era todo un especialista en acumular retrasos desde primera hora de la mañana.

Con todo ese componente resulta simpático comprobar como el covid-19 ha despertado el gen de la puntualidad que tanta gente parecía tener dormido. Primero con los aplausos de las ocho de la tarde pero, sobre todo, cuando hemos entrado en la fase cero. Aún no se ha acabado de aplaudir y cualquier calle parece ya alguna de las de los encierros de los sanfermines, con la manada saliendo en tropel y bufando, y hasta con algún derrape en una curva de la Estafeta cualquiera. Y hacen bien. Nos sobran los motivos, que ya sabemos que Sabina es un visionario y que cuando escribió lo de «este adiós no maquilla un hasta luego» o «estas vísperas son las de después», o «este look de presidiario, esta cura de humildad» o, sobre todo, «este cambio de acera de tus caderas» se estaba refiriendo al desconfinamiento. Y ahora, ya con las terrazas abiertas y en un pueblo con mar, nos pueden dar las diez, las once y las doce. No sé si ya la una, las dos y las tres. Ojalá (ah no, esta es de Silvio).

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