«Lo importante es sentirse realizado»

El Seminario Mayor acoge hoy la ceremonia de ordenación de dos sacerdotes


ourense / la voz

En una época en la que los seminarios parecen estar quedándose vacíos y la edad media de los sacerdotes y religiosos en España ronda los 65 años, Carlos Arce decidió que quería ser cura cuando era todavía un niño y sin imposiciones. «Yo desde que tengo 12 años sé que quiero ser sacerdote. Entré en el Seminario Menor, donde cursé la ESO y el Bachillerato. Y después estudié Filosofía y Teología», explica sobre su formación académica y eclesiástica.

«No se trata de que de repente aparezca una luz y sepas que Dios quiere que seas cura. Para mí es más algo relacionado con que me siento feliz con lo que hago. Me siento bien acercando a Cristo a todo el mundo. Si al final del día te sientes realizado con lo que haces, eres feliz. Y creo que ahí está la clave», responde Arce cuando le preguntan cómo supo que quería dedicarse al sacerdocio.

Nació en Amoeiro, en 1993, es hijo único y ha pasado el último año de diácono como formador en el seminario en el que él estudió. «Llevaba doce años en ese lugar y tenía ganas de salir y visitar parroquias, pero tengo que reconocer que la experiencia ha sido fantástica y me ha ayudado muchísimo. Por eso no me importa a dónde me puedan enviar una vez me ordene», contesta sobre si le gustaría algún destino en particular tras el acto de hoy en el que el obispo lo nombrará sacerdote.

Para aquellos que piensan que la fe de los que transmiten la palabra de Dios es inquebrantable hay malas y buenas noticias. «La vida de un sacerdote no es distinta de la del resto de cristianos o personas que están bautizadas, aunque el ministerio sea distinto. En todas las vidas existen momentos de oscuridad y tinieblas, momentos de duda. Al final todos estamos en la misma barca y hechos de la misma pasta. Pero en esos momentos de incertidumbre también es cuando puedes salir más fuerte si te apoyas en la oración y en Cristo», sopesa el diácono. Y sobre el papa, contra el que una parte de la Iglesia ha mostrado su descontento recientemente, también tiene una opinión: «Él solo saca a la luz aquello que la Iglesia siempre ha defendido pero que en ocasiones hemos dejado en el olvido. Y somos responsables de adecuar el mensaje solo a lo que a nosotros nos interesa y quedarnos en lo superficial en lugar de lo fundamental del mensaje cristiano».

La historia de Miguel Salas es totalmente distinta. Nació en Castellón de la Plana, en 1990, y es el tercero de diez hermanos. Cuando tenía cinco años toda la familia se trasladó a Kazajistán para ejercer de misioneros. Allí estuvieron hasta que en 2006 regresaron a España. «Cuando volvimos tenía 16 años y me sentía desubicado. Tanto es así que le recriminaba a Dios mis sufrimientos. Los catequistas fueron fundamentales para ayudarme a ver que Dios sí se preocupaba por mí. En Kazajistán me sentí muy solo porque no era capaz de comunicarme por el idioma. Y cuando volví aquí me pasó lo mismo», recuerda de dos dilatados años de desconcierto que se sumaron a las inquietudes típicas de la adolescencia.

Salas, criado en la fe cristiana desde que vino al mundo, pertenece al seminario misionero Redemptoris Mater que lleva cuatro años en la diócesis de Ourense. Y al contrario que Arce, él sí se planteó dedicar su vida a otros menesteres. Confiesa que le gustaba la arquitectura y que intentó buscar la paz y la felicidad en los amigos, en las chicas y en los estudios, pero que no terminaba de encontrar su camino. «En ningún momento pretendí ser sacerdote ni ordenarme, de hecho cada vez me sentía más lejos de Dios. Ahí fue cuando un catequista me ofreció entrar en un seminario. Y entré porque no veía una salida existencial a mis problemas», cuenta.

Comenzó entonces un proceso de diez años que, con la perspectiva que el tiempo ofrece, es capaz de resumir en un enunciado: «Me di cuenta de que ni me conocía a mí mismo ni conocía a Jesús». Pasó por Georgia, Ucrania, Estonia, Colombia y Rusia y afirma que no es tan importante el lugar sino con quiénes. «Lo importante son las personas. Da igual estar en Ourense o en Rusia con tal de poder transmitir el evangelio», apostilla.

De este bache que atraviesa la Iglesia -en 2017 solo se ordenaron en España 109 sacerdotes, la cifra más baja desde que hay registros- está convencido que saldrá algo bueno. «A lo mejor estamos en un momento de purificación y dentro de mil años habrá servido para aprender algo», finaliza con cierta esperanza.

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