«Mis dulces tienen vida propia»

Allariz es el lugar que la empresaria ha escogido para abrir su propio negocio

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ourense / la voz

«Nunca había abierto una pastelería pero tengo experiencia con los restaurantes», explica Teresa Fenollosa sobre lo que la impulsó a crear su negocio de tartas. Ella nació en Bélgica, en 1959, pero su madre es madrileña y su padre, catalán. Comenzó a trabajar en la hostelería en Florida (EE.UU) en 1998 y pasó por diferentes sitios hasta que, en 2011, abrió un restaurante vegetariano en Mérida (Extremadura). Después, en 2014 llegó a Ourense con su marido y decidieron volver a abrir otro restaurante, también vegano, que desde entonces no ha parado de ganar clientes -Shangri-La en la calle Reza-.

«Cuando vimos que funcionaba bien, empezamos a buscar dónde podíamos montar una pastelería pero la quería llevar yo sola, por mi cuenta», aclara Teresa. En un principio se planteó ubicar su negocio en algún lugar de la costa gallega, pero al final se decantó por Allariz. Recalaron un día en la villa ourensana y les gustó tanto que se mudaron a vivir allí. «Para la idea que yo tengo de lo que debe ser una pastelería, este lugar era perfecto», cuenta. Porque es consciente de que la demanda también tiene que ser suficiente como para poder pagar las facturas y que resulte rentable. «Tenía muchas ganas de hacer algo en lo que las decisiones las tomase yo sola y no me tuviera que ayudar nadie, aunque tenga que madrugar mucho o pasar indefinidas horas trabajando», incide.

El sentido de sus tartas trasciende lo meramente gastronómico. Le gusta el significado que se le ha dado tradicionalmente a este dulce en celebraciones familiares o cumpleaños. «Antiguamente en cualquier casa, aunque no se tuviera mucho dinero, siempre se ofrecía algo cuando había visitas de amigos o familiares. Y creo que eso se ha ido perdiendo, porque hasta yo me acuerdo de cuando mi abuela tenía en casa tartas, rosquillas o magdalenas. Sin embargo, ahora la gente no hace tartas porque se comen dos o tres trozos y el resto queda en la nevera», reflexiona. Es por eso que ella hace tartas por encargo pero también vende porciones, para los que solo sienten el gusanillo de un pedazo. «Yo creo que mis pasteles tienen vida propia. Creo que se forman a razón de la persona que me los pide, porque los meto en el horno y cada uno sale como quiere, así que puedo presumir de que no están hechos en serie y todos son diferentes», señala.

Las intolerancias también tienen su espacio en esta pequeña tienda. «Cada vez hay más, así que opté por cocinar sin gluten para celíacos y sin azúcar para diabéticos, aunque estas son las que más me cuestan porque no me gusta usar edulcorante y algo hay que echarles. De ahí pasé a las veganas, para los que no consumen productos de origen animal», añade Teresa. Aunque el toque casero no falta en ninguna. «Mis tartas son todas como las de la abuela, por eso siempre aviso de que la presentación no es como la de las confiterías tradicionales», subraya.

Le gusta experimentar y probar, pero reconoce que tiene su dificultad alterar los ingredientes de una receta porque cambia toda la estructura del dulce. Y en cuanto al origen de las recetas algunas son de su propia creación, pero otras las ha encontrado indagando en revistas y libros antiguos. «No soy mucho de Internet, la verdad», aclara.

«La que más gusta en el restaurante es diferente a las que veo que me están demandando en Allariz. En el restaurante los clientes piden siempre la de El fin del mundo», cuenta. Este postre nació el 12 de diciembre de 2012, mismo día en el que una profecía Maya vaticinaba el fin de la Tierra. «Cuando metí la tarta en el horno era de color chocolate, pero tardó mucho en hacerse y al sacarla era negra, parecía que le había caído un meteorito encima. Así que le puse ese nombre por proposición de un cliente», recuerda Teresa.

Las frutas son uno de sus ingredientes predilectos y en Allariz los paladares que prueban la de manzana y canela, repiten. «Hago también una de pistachos con frutas del bosque. La primera vez que lo intenté la tarta se quedó con el color normal del bizcocho, como es lógico porque el pistacho no tinta. Pero yo me sorprendí porque en la foto de la receta aparecía verde -comenta riéndose-. Ahora me encantaría hacer la red velvet, que es muy típica en Estados Unidos. Pero el bizcocho tiene una textura un poco diferente y es más complicada, así que tendré que probar antes algunas veces».

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