La educación y la multa

Ruth Nóvoa de Manuel
Ruth Nóvoa DE REOJO

A PEROXA

Hace más de diez años tenía la absurda costumbre de ponerme el cinturón en carretera pero no en ciudad. Un día, a la altura de Salesianos, me paró un agente de la Policía Local y desarrolló conmigo, en solo unos minutos, toda una campaña de concienciación: me puso una multa. No sirvió de nada mi intento de explicarle que simplemente había cogido el coche para meterlo en el garaje, total, cuestión de cinco minutos, como si los trayectos cortos y rutinarios estuvieran libres del pecado de un accidente. Desde entonces me pongo el cinturón de seguridad en cuanto me siento en el coche. Entendí por vía pecuniaria lo que me tenía que haber dictado el sentido común, que por lo que se ve y en lo que al coche se refiere debía estar atrofiado en territorio urbano. Pero como digo, la multa fue súper efectiva. En Ourense llevamos semanas lamentándonos por el incremento de los atropellos y buscando razones. Causas hay varias pero está claro que la imprudencia de los peatones está en el origen de muchos. Yo casi siempre cruzo mal. Hasta cuando no tengo prisa. Solo respeto el rojo cuando voy con niños... Por eso de que los adultos tenemos que educarlos aunque al final son ellos los que nos educan. Así que el día que un policía me toque en el hombro y me afee la conducta supongo que además de una profunda vergüenza tendré que sentir agradecimiento... Lo que yo no he conseguido aprender me lo tendrán que enseñar así... Claro que habrá quien se eche las manos a la cabeza -¡Pero usted quién se cree que es para decirme cómo cruzar!- con la misma indignación que cuando se entera de un nuevo atropello.