Cuando un hombre asesina a una mujer (su esposa, su novia, su ex...) o la mata en vida yendo contra lo que ella más quiere (sus hijos) se nos encoge el corazón. Se nos revuelve el estómago. Se nos eriza la piel. Se nos saltan las lágrimas. Se nos escapa un grito. Y si tienes un mínimo de humanidad y de dignidad, da igual cuántos casos se sumen a esa terrible lista. Cuando vuelve a ocurrir se te encoge el corazón, se te revuelve el estómago, se te eriza la piel, se te saltan las lágrimas, se te escapa un grito. Por eso inquieta que los jóvenes sean cada vez menos feministas. Eso dice una encuesta que conocimos esta misma semana según la que, además, la mitad de los chavales creen que el feminismo es necesario para alcanzar la igualdad real. ¿Eso es el vaso medio lleno o medio vacío?
Hablemos de quienes niegan la violencia machista. ¿Cómo es posible que tanta gente conozca a algún hombre acusado en falso y tan poca a un agresor? Yo les invito a que hagan algo muy sencillo. Lean el periódico. «Aplazada la vista por un caso de agresión sexual denunciado tras un viaje en taxi en Verín», «Siete años de prisión por violar en un callejón a una menor que estaba totalmente ‘‘indefensa’’», «Encendió un mechero en la cara de su madre: ‘‘Te quemo viva’’», «Condenado a diez años por agresión sexual tras alegar que la víctima se ‘‘autocontaminó con su ADN»... Todos estos titulares son de esta semana y de esta edición local. Otra vez el corazón, el estómago, la piel... Estas cosas pasan. Y pasan aquí. Y se repiten. Solo se me ocurre una forma de terminar: no hay más preguntas, señoría.