Si algo me han enseñado las casi dos décadas que llevo siguiendo la política ourensana es que, por muy mal que parezca que van las cosas, todo es susceptible de empeorar aún más. Pero, claro, nunca nadie podría imaginar que llegaríamos a estos niveles de surrealismo.
Gonzalo Pérez Jácome convocó a los medios de comunicación este miércoles a las once y media de la mañana porque justo a esa hora, según explicó, estaba previsto un descanso en las actividades del Correlingua, que reunieron a cientos de escolares en la Praza Maior. El caso es que a la media hora los chavales volvieron a montar barullo, como les corresponde, y la intervención inicial del alcalde se extendió durante más de una hora. Pese al ruido, fuera de la Casa do Concello era todo armonía y felicidad en comparación con lo que ocurría dentro. En el salón de plenos Jácome se montó una película, un largometraje, a juzgar por la duración total del acto (hora y media entre su discurso-mitin y las posteriores preguntas, que él se encargó de interrumpir, condicionar y limitar). La obra, con cameos de periodistas de medios nacionales, servirá para emitir en su televisión, pero poca más utilidad ha tenido. Su intervención no ha servido para aclarar por qué habla con funcionarios para pedirles que carguen con una multa de su coche oficial, por qué charla con naturalidad sobre donaciones ilegales para financiar su campaña o por qué sugiere la posibilidad de enchufar a sus asesores en empresas concesionarias.
A mí Jácome ayer me recordó a Rajoy: «Todo es falso salvo alguna cosa».