Hace ya tiempo que la crispación se ha instalado en la vida política ourensana. Los plenos abruptos, con comentarios y comportamientos más propios de patio de colegio que de adultos con una responsabilidad muy grande en sus manos, llegaron para quedarse en el día a día de una ciudad en la que la figura de quienes tienen en sus manos la gestión de lo público está más desacreditada que nunca, al menos para muchos ciudadanos.
«No es la política, son las personas» le decía hace poco una mujer a otra en la calle. Las dos conversaban sobre la vicisitudes de la vida municipal, desanimadas por la situación de la ciudad y el escaso esfuerzo que hacen quienes integran la corporación para tratar de encarrilar las cosas.
Efectivamente, la política no es un ente que va por ahí sin cabeza ni corazón. Hombres y mujeres que antes de ser concejales eran ciudadanos de a pie, con sus profesiones u obligaciones, son los responsables de la situación de esta ciudad. A ellos les debemos pedir cuentas si se cierran museos o centros de formación de mayores, o cuando se gobierna a golpe de ocurrencia. Son ellos y ellas los que, de forma activa o pasiva, sostienen una ciudad con un alcalde en minoría al que se le permite todo. Aunque sea injustificable.
Y si creíamos que no se podía caer más bajo, es evidente que estábamos equivocados. El empujón a una sindicalista nos hace subir otro peldaño en la escalera de degradación política y moral de esta ciudad, y no tenemos solo que ver cómo el regidor lo justifica, sino presenciar además que lo único que le exigen quienes lo mantienen es una disculpa. ¿En serio?