Se fue Luis Soria. Un histórico del fútbol ourensano. Fue durante décadas el pegamento que unió al deporte del balón en la provincia. Él se encargaba con su bonhomía habitual de juntarlos a todos al menos una vez al año en las galas de la asociación de entrenadores Afiador. En sus buenos tiempos se convertían casi en una boda, en los salones del Sanmiguel. En las redacciones periodísticas de la ciudad se le recuerda porque cada mes acudía fiel a su cita a entregar en persona —nada de correos electrónicos ni wasaps— la convocatoria de la charla del entrenador de turno que organizaba Afiador, algunos de ellos con gran trayectoria. Pero para valorar a Luis Soria no vale con mirar su currículo por tantos banquillos del fútbol provincial. La huella de Luis Soria va mucho más allá. Cualquiera que haya estado con él en una tertulia distendida habrá conocido innumerables anécdotas de su trayectoria. Algunas irreproducibles, pero que reflejaban cómo era el fútbol de antes de Instagram. El fútbol del balón Mikasa y los campos de barro. De todas sus anécdotas, siempre recuerdo una de su época como delegado del CD Ourense, donde era apreciado y querido por el estamento arbitral. Era un partido de los igualados en O Couto. Ganaban los rojillos por la mínima y el árbitro le traslada a Soria el tiempo de descuento que quería que anunciara en la tablilla y que era de cuatro minutos. A Luis, aquello le parecía una eternidad. «Chéganlle ben dous», murmuró. La picardía le sirvió para que la grada achuchara al ver que el partido se alargaba supuestamente más de lo indicado y se amarrara la victoria.