Antes se llamó abandono, luego despoblación, ahora, siguiendo con la tendencia de sustituir con eufemismos cada vez mejor sonantes expresiones más contundentes, se habla del fenómeno de la España vaciada. Y en una o dos generaciones, pasará a ser síndrome -que menos que encasquetarle una patología- del campo muerto. O algo similar. Se llame como se llame, escapar hacia las ciudades sigue siendo una tendencia tan imparable como comprensible. No solo porque la oferta de opciones laborales es más escasa -y generalmente más dura y menos rentable-; sobre todo por la falta de servicios y el aislamiento, tanto en el plano físico como en el virtual. Ni Internet, con todas sus prometedoras posibilidades, teletrabajo incluido, han logrado revertir la situación. Solo hay que mirar dos datos en la provincia: la pérdida de aulas por la marcha de familias con hijos en edad escolar y el aumento de incendios. Curiosamente el diagnóstico sobre las razones que impulsan tanto la huida como el fuego -y la relación entre ambas circunstancias- son más que conocidas; y quienes tienen en sus manos poner algún freno con medidas que incentiven lo contrario, se limitan a hacer bonitos discursos sobre el asunto. Pero nada más. En el caso de los colegios, el argumento es siempre el mismo: si no hay suficientes niños, no merece la pena mantener un aula. Pero claro, si no hay aula porque faltan dos para completar el cupo, los otros ocho tendrán que acabar marchando. Así que, aquí seguimos: haciendo siempre lo mismo pero esperando resultados distintos. Y, según se atribuye a Einstein, empecinarse en esa actitud es una locura. Así nos va.