Son dos días


Ourense / La Voz

Cada cierto tiempo, resuena en mi cabeza una frase de Julio Jiménez, médico forense del Imelga, en el contexto de un reportaje previo a la pandemia: «A xente pode estar máis preto dos fillos se marcha a vivir con eles á cidade, pero igual se sinte máis engaiolada. E ti non podes pretender ir pola vida salvando almas. Tes que darlle a cada alma o que quere».

Ourense es, para quienes apenas la conocen, una provincia de paso, la autovía necesaria para moverse de la marabunta de Madrid a la marabunta de la costa en un constante ida y vuelta. Entre medias, yendo casi que de puntillas, hubo quien optó durante este último año por regresar a sus raíces. Rosa y su marido, ya entrados en años, viven en una diminuta localidad de la Raia Seca desde que comenzó la pandemia. Antes, residían en Santiago de Compostela, donde llevaban más de 30 años. Le vieron las orejas al lobo cuando el virus se asomó a Galicia y se decidieron a abandonar la ciudad.

De inicio, era algo temporal. Tardó poco en convertirse en una decisión definitiva. La historia de la búsqueda de un retiro dorado entre quienes ya peinan canas no es nueva; lo que está por ver es cuánto tardará en privatizarse la tranquilidad y el silencio del rural, que también es patrimonio inmaterial de Ourense. De un valor incalculable, por cierto, porque precisamente es contrario a las muchedumbres. Quizá llegue el día en el que también sea un servicio de pago, vaya usted a saber. Lo que sí sabía Rosa es que a ellos les había llegado el momento de volver. Si antes se habían sentido enjaulados, ahora ya no es el caso. «E o que vexo agora é que a vida son dous días», dice con sencillez.

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