Los ourensanos vivimos este miércoles una especia de día de la marmota. Tras habernos pasado -uso la primera persona de plural en clave bronca social- por el arco del triunfo la mayoría de las restricciones regresamos a la imagen de cafeterías cerradas y una ciudad triste y casi vacía en tiempos de pandemia. Pero no fue el único día de la marmota que se vivió esta semana. En el Concello de Ourense también lo hubo. El minigobierno de Jácome y la súper (por amplia) oposición se reunieron para tratar de desbloquear el PXOM. Bien podían haber dedicado el tiempo a otra cosa. Era una reunión condenada al fracaso, porque unos y otros tienen fijadas desde hace tiempo sus posiciones y no están dispuestos a ceder ni lo más mínimo. Que importa que la ciudad tenga un plan de urbanismo de 1986 y que su aprobación podría ser un gran revulsivo para la economía local. Lo importante, que diría Paco Umbral, es venir a hablar de mi libro.
Y eso fue lo que hicieron unos y otros. La mayoría es imposible cuando Jácome sigue con su letanía de parar unas torres en las riberas del río Miño y, si se puede, construir un rascacielos en la otra punta de la ciudad. Tampoco deja margen de maniobra el PP cuando se ofusca en meter con calzador una retahíla de modificaciones sobre un plan que, según decían, habían heredado del PSOE y que apenas iban a tocar para aprobarlo cuanto antes. Tanto corta y pega pone el documento a las puertas de otra exposición pública, con todo lo que ello supone. ¿Y el PSOE? Pues ahí sigue, anclado en los tiempos de Áurea Soto como si el plan inicial que se aprobó allá por el 2013 fuese algo así como la biblia del urbanismo contemporáneo que no se puede tocar. Sin que unos y otros se pongan de acuerdo, no habrá avance posible. Mientras tanto, la ciudad sigue en el siglo pasado en materia urbanística.